El carácter socio-histórico del mundo humano hace que siempre esté inmerso en un proceso de cambio, un proceso cuyo tempo es más o menos rápido según las épocas, y es obvio que la nuestra experimenta una fuerte aceleración del cambio. Nuestro mundo no solo se está volviendo líquido, como explica Bauman, sino que su fluidez evoca por momentos un torrente que se precipita hacia no se sabe donde.
El antagonismo político no permanece al margen de esa aceleración del cambio, y las manifestaciones de Seattle en el 99 anunciaban, sin duda, el inicio de un cambio de ciclo. Un cambio de ciclo cuya genealogía remite a elementos antecedentes como, por ejemplo, Mayo del 68, o el levantamiento zapatista del 94, pero que no se manifestó con total claridad hasta principios de los años 2000.
Ese nuevo ciclo promueve, entre otras cosas, el creciente desarrollo de formas no institucionalizadas de acción política, sustituyendo partidos, y sindicatos por movimientos, por redes, y por colectivos sociales.