Que Podemos es el gran ganador de estas elecciones nadie lo discute. Ganador por puntos, no por k.o., pero ganador sin mácula. Y lo es por partida doble. De una parte, porque se ha situado como tercera fuerza política, a moderada distancia de dos notorios perdedores, el duopolio dinástico hegemónico.
Tinglado este donde uno de los actores ha cedido posiciones hasta dar con el segundo peor resultado de su historia (el PP), mientras el otro se ha abismado hasta el peor resultado absoluto de su historia (el PSOE). Y por otra parte, porque de los dos emergentes ha sido la formación morada la que ha acumulado más escaños, que es el valor de cambio con que se mide el poder en las democracias representativas.
Establecido, pues, el Indiscutible e indiscutido éxito de la escudería de Pablo Iglesias, hay que reseñar algunas circunstancias que contextualizan y dimensionan el calado de su logro. El primero es una leyenda urbana, transmitida y retransmitida por tirios y troyanos, que encumbra a Podemos como una especie de Premio Nobel de la ciencia política al presentarlo como un partido que “de la nada” se ha colocado en el olimpo del Congreso.





El pasado jueves 17 de diciembre, se han distribuido 11.000 ejemplares de esta publicación gratuita en las principales calles y paradas de metro de la localidad. Reparto que ha coincidido con los diferentes actos de cierre de campaña de las elecciones generales.






