La hora de los hipócritas

 Por Desiderio Martín Corral

“El sistema de explotación capitalista actual, conforma un marco jurídico normativo, donde toda la seguridad jurídica se otorga a los negocios y especialmente, a las grandes corporaciones que actúan con toda la impunidad, violando no solo derechos laborales, sino haciendo desaparecer los más elementales Derechos Humanos”

La crisis estafa del 2008, nos dio la posibilidad de visualizar que no nos encontrábamos en una fase más (de recesión-crisis) dentro de los ciclos habituales del capitalismo, sino que dicha crisis mostraba una fase “recesiva dentro de una fase terminal del capitalismo. Una fase terminal para nuestros entornos, ya que en otras latitudes esa fase terminal llevaba tiempo instalada. Abría, por tanto, una época distinta.” (Chema Berro, militante de CGT).

Fase terminal sobre todo del “modelo social capitalista”, el cual permitió a las generaciones de los “30 gloriosos años del capitalismo” de los países ricos, mantener una sociedad del bienestar, en una parte del mundo, en la que nos encontrábamos, en la que se desarrollaban nuestras prácticas y nuestras vidas, pero absolutamente ciegos de percibir que esa sociedad de bienestar se sustentaba en el carácter extractivista y arrasador del conjunto de la humanidad. El bienestar de esas generaciones, se sustentaba sobre el malestar, la desigualdad y la negación de derechos humanos fundamentales.

“El capitalismo había creado dos mundos claramente diferenciados: un interior, cómodo, acogedor, con niveles económicos generalizados por encima de lo necesario, y un exterior condenado a la imposibilidad de satisfacer las necesidades básicas.” (Chema Berro, militante de CGT).

Las generaciones de jóvenes que entran en el mercado de trabajo (empleos asalariados), a partir de la última década de los 90 del siglo XX, se encuentran con modelos jurídico normativos diferenciados en cuanto a su capacidad “contractual” de tener condiciones dignas en sus contratos, como en sus condiciones concretas de trabajo (salarios, jornadas de trabajo, derechos). Sus empleos, a pesar de su capacitación (formación), son absolutamente prescindibles y su movilidad necesariamente funcional a los sistemas productivos y de servicios basados en la demanda (consumos).

Sus percepciones concretas en cuanto a su estatus jurídico de derechos, no son sino de fraccionamiento y ruptura con las generaciones del “estado de bienestar”, a las cuales quisieran emular: empleos estables, remuneraciones altas, posibilidad de ser propietarios de una vivienda, y una cierta capacidad de consumo.

Nada de todo lo anterior de ese bienestar de sus generaciones precedentes, les fue “otorgado” ni por el mercado (capacidad contractual de las generaciones anteriores que solamente fue capaz de generar estabilidad en sus concretos puestos de trabajo, a la vez que fueron vendidos los mismos por sustanciosas indemnizaciones y/o prejubilaciones), como tampoco por su propia “auto-organización” como la generación mejor formada, conformándose con cualquier trabajo, en cualquier actividad y constituyendo el mejor ejército de mano de obra que el capitalismo había tenido en mucho tiempo, para garantizar sus tasas de ganancia, en un mercado bien en auge (crecimiento), bien en recesión o en crisis.

Este ejercito de jóvenes (los más formados y formadas de la historia reciente), se constituye en parte del paisaje, donde la política institucional y los sindicatos “mayoritarios”, les utilizan como ariete para aún más precarizar el mercado de trabajo (reformas laborales como modelo de gestión, basado en la flexibilidad y la temporalidad), a la vez que son producto de “cientos de estudios, informes, retórica”, que les analiza como una especie “precaria”, a la vez que hacen crecer y crecer la “pandemia de la precariedad” de manera universal.

La crisis del COVID-19 en cuanto a sus derechos de empleos y no ser los primeros paganinis de las consecuencias de la paralización de una economía “suicida” basada en el turismo y los servicios, no ha mostrado sino en sus primeros síntomas (2º trimestre 2020), que 6 de cada diez empleos perdidos -y han sido más de un millón-, corresponden a contratos temporales y claro son los jóvenes quienes constituyen el grueso de esos empleos, a la vez que las mujeres. Las tasas de ocupación femenina, desciende de manera sustancial respecto a la masculina, a la vez que la tasa de ocupación de las personas jóvenes cae en picado.

Nada nuevo que no fuera ya mostrado en las anteriores crisis, especialmente en la gran crisis-estafa del 2008, los jóvenes corren con el coste de la “crisis” especialmente y cada vez se consolida y se constituye en la estructura del sistema capitalista, donde su futuro aún va a ser “peor”, a la vez que vuelve el debate político y la retórica que hay que terminar con el mercado dual (fijos/temporales), para darle una vuelta de tuerca a este mercado de trabajo “suicida” y anti social y constituir el “contrato único” -de una vez por todas-, para que el mismo trabajador costé inclusive sus salidas de la ocupación y las vueltas a la misma.

CGT como sindicato anarcosindicalista, desde hace ya muchas décadas, trabaja por la auto organización de las personas precarias, especialmente las jóvenes, que llegan a cientos de miles a los mercados de trabajo de servicios, a través de las contratas, y el convencimiento de organizarse permea un gran segmento de estos cientos de miles de trabajadores y trabajadoras precarias, pero aún muy lejos de desplazar, la “instrumentalización representativa” de los sindicatos mayoritarios, los cuales abandonaron a estas generaciones jóvenes (las mejores formadas de la historia) y les entregaron a los brazos de un mercado laboral, el cual sólo les garantiza una cosa cierta: su explotación vaciada de derechos.

Luchar contra la explotación en esta época de “crisis sistémicas”, contra este capitalismo terminal, requiere de valentía, conciencia y convencimiento de que las cosas deben cambiarse de manera radical: hay que repartir el empleo de manera drástica y hay que repartir la riqueza que se genera con el trabajo (todos los trabajos), para que jóvenes, mujeres, migrantes, que acceden a los empleos, tengan condiciones dignas y derechos. El REPARTO social y laboral es una buena vacuna contra la explotación.

Desiderio Martín Corral

El título está cogido de la última novela de Petros Markaris, donde quizás, como nadie ha “relatado” la hipocresía de las instituciones políticas, las judicaturas y las grandes instituciones de “ordeno y mando” (Comisión Europea, BCE), que gestionan lo público solo y exclusivamente en beneficio de una clase empresarial muy minoritaria, a la vez que otra clase “clientelar” sale beneficiada, con millones de perjudicados hasta extremos inhumanos.

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