Javier Sádaba: “Los partidos que se llaman de izquierdas tienen mucho de derechas”

Toda una vida dedicada al pensamiento. A la educación. A la filosofía. A la ética. Durante décadas ejerció la docencia universitaria como catedrático de Ética en la Universidad Autónoma de Madrid. Decenas de libros, textos, artículos en prensa. Su obra y trayectoria está ahí y fuera de toda duda. Este año ha publicado su último trabajo. Y no, en su caso, no trata sobre la pandemia. Aunque sí, claro, sobre cuestiones universales que son trasladadas a nuestro día a día. Un ética para el siglo XXI (Tecnos) es el nuevo libro de Javier Sádaba (Portugalete, Vizcaya, 1940). En cuartopoder hablamos con él sobre su contenido y otros asuntos relacionados con la inevitable actualidad.

-¿Por qué cree necesaria una ética para el siglo XXI?

-Yo siempre digo que la ética es necesaria siempre. La ética va de nuestras vidas. La ética va de la vida buena, que es lo que más nos importa a todos. El que nos quieran y querer. Para este siglo, aunque se haya dicho y ya suene pedante, porque es un tiempo bisagra. Creo que es verdad que hay una quiebra, que hay una cantidad de costumbres, valores e incluso concepción de la moral que ha cambiado rápidamente. Por tanto, creo que la moral debía de estirarse y entrar en otros campos. Por poner un ejemplo, el tema del transhumanismo, la posibilidad de que el ser humano pueda hacer una especie distinta es un problema no nuevo, novísimo. Es un problema del siglo XXI. Me interesaba tocar aquellos aspectos, sin olvidar los viejos, más nuevos, que nos apelan de una manera directa y a los que hay que dar, si no una respuesta, al menos una orientación o tomar nota de ellos.

-Evidentemente de la lectura del libro y de lo que me acaba de decir sacamos la conclusión de que el mundo ha cambiado y no tiene nada que ver este siglo con el anterior.

-Ha habido grandes cambios. En cualquier caso, haría una distinción. Hay una frase Wittgenstein, que la toma de un zarzuelero vienés que dice que el progreso tiene más de que aparente de real. Creo que hay una marea de fondo que se mantiene. Por ejemplo en el machismo, en cierto tipo de incultura, en cierto tipo de credulidad a las instituciones y a los políticos…Eso se mantiene. Ahora, junto a eso ha habido grandes cambios. El tipo de libertad tal y como lo viven los jóvenes actualmente, las nuevas tecnologías que han modificado radicalmente todo. O la globalización, que no solo es la capitalista y que hace que el mundo se achique mucho más. Hay una cantidad de cosas que nos diferencian ya de una manera considerable de tiempos anteriores y que requiere por lo menos que la ética se estire y diga alguna palabra.

-El libro está dividido en varios capítulos y en cada uno de ellos relaciona la ética con otros campos. En el de cultura me ha llamado la atención lo siguiente: “Hemos entronizado frases de vergüenza ajena como aquello de la gente de la cultura”. Al final parece que cultura es todo y se ha banalizado mucho lo que significa.

-Definiciones de cultura hay muchas. Los antropólogos han hecho como 400 definiciones de cultura. Los antropólogos, sobre todo, son los que han insistido más en las diversas culturas, puesto que es un mosaico de culturas el mundo. Pero es verdad que podríamos tomar un concepto básico de cultura. Yo lo definiría en tres partes. Uno, estar en estado enterado, es decir, enterarse de lo que sucede. Dos, estar en estado de compromiso, comprometerse con aquello que le afecta directamente. Y, luego, no creer los mitos que se difunden por ahí en función de unos intereses muy concretos. En esto creo que hemos bajado mucho. Y al bajar mucho surge lo que yo en otro tiempo llamé la cultura del canapé. Es decir, hay un canapé y va la gente de la cultura. ¿Pero qué han hecho en la cultura? ¿Han escrito algo? Eso se convierte en algo light y que llega a dar vergüenza ajena.

-En el capítulo sobre política menciona en varias ocasiones a la extrema derecha. Y acaba con una frase: “Conseguir que los derechos sean de todos, que no nos los robe la extrema derecha, es utópico o una ilusión”. ¿Cómo afrontamos desde un punto de vista ético estos tiempos en los que la extrema derecha está tan en auge?

-Primero diría que ha habido un corrimiento general hacia la derecha en todo lo que se llama el espectro sociopolítico. Ha habido más egoísmo, menos altruismo, más cultura del éxito inmediato, más apariencia, más dominio del dinero, etc. Todo eso se ha corrido a la derecha. Después, cuando se habla de extrema derecha evidentemente existe. Pero los partidos que se llaman de izquierdas tienen mucho de derechas. En este momento tienen una voz o criterio izquierdista pero su praxis es muy parecida a la derecha. En este sentido estamos con una derecha fuerte, una derecha menos fuerte y con una derecha con más rostro humano. Eso es malo porque anula las posibilidades de una izquierda real y alternativa. Una izquierda que nos dé un mundo más utópico.

Y aquí entro en la utopía. Tiene muy mala prensa. La utopía, entendida como aquello que podemos hacer y no hacemos, aquello que puede transformar el mundo porque está dentro de nuestras posibilidades y se debería de hacer, eso hay que fomentarlo más y más. Solo con una fuerte utopía, eso cada uno sabrá desde dónde la hace, desde las letras, desde la praxis en su trabajo, desde nuevas formas de hacer política, desde una crítica fuerte a la democracia, etc. Eso podría contrastar con una derecha más fuerte o menos fuerte que tenemos ahora.

-En el capítulo sobre economía se dedica mucho espacio a lo que se llama la “ética empresarial”. Aunque no hace referencia a la pandemia sí se habla sobre la industria farmacéutica y sus beneficios. Inevitable pensar en todo lo que está sucediendo y va a suceder con el tema de las vacunas. Habrá que ver los precios, si las empresas van a tener esa ética de lucro o de beneficio propio.

-Es un tema difícil, difícil donde los haya. En un libro reciente se decía que la industria que más gana en Estados Unidos no es la del motor sino la farmacéutica. Esto lo digo como dato. Quien domine las farmacéuticas, laboratorios y otra serie de empresas grandes va a dominar todo. Ese es un problema político por excelencia. De ahí que se necesite exigir transparencia. Eso tendrían que hacerlo los buenos políticos, la gente y todo aquel que tenga conciencia de que las cosas no pueden ser así. No puede ser que el que más dinero tiene compre todas las vacunas como ha ocurrido en otras ocasiones. Creo que ese es un problema difícil porque cuando se mete el dinero por medio, el nuevo Dios, solo con una fuerte oposición social, no solo política, y un compromiso personal, como diría Chomsky, podríamos denunciar, protestar y al final, si podemos, ganar.

-En el libro se menciona también la eutanasia. Un tema del que usted ha sido ferviente defensor. Realmente es un debate que es largo y que aún sigue. No se ha concluido, tampoco se ha avanzado del todo a nivel legislativo, hay una futura ley por delante…

-Hablar de la eutanasia me da un poco de pereza porque he hablado tantas veces y he escrito tanto…A mí en este caso me parece de vergüenza que no se haya hecho una ley. La que se estaba haciendo no era especialmente buena pero era algo. Y por el coronavirus, por la inercia de la política o lo que sea, el hecho es que no sale. Que no se haya hecho eso, cuando ya todas las encuestas dan que la gente está a favor, no se entiende. Los argumentos son absolutamente contundentes. Hay que luchar contra el sufrimiento inútil. Uno es titular de su cuerpo y libertad. Si no fuera porque hay una tradición negativa, atada mucho a la Iglesia, la eutanasia tendría que estar como en Holanda, Bélgica y tantos países donde como mínimo se tolera.

-Decía en una entrevista que le hicieron durante el confinamiento que las cosas deberíamos cambiarla de arriba a abajo cuando saliéramos de esta. No sé si es usted optimista respecto a lo que nos vaya a quedar después de esta crisis. Por ejemplo, Carlos Taibo, en una entrevista con este medio, nos decía que la crisis la iban a pagar los de siempre.

-Que la vamos a pagar los de siempre, por lo menos inmediatamente, eso no me cabe la menor duda. Pero dejando de lado lo positivo o lo negativo, eso a veces es un poco vacío, lo que creo es que no puede haber dos tipos de salida. Una es seguir como antes o peor. Y otra es que haya una auténtica rebelión, revolución y la gente toma conciencia de dónde estamos. La gente se pone en las pilas y dice que de aquello que hemos vivido tan mal vamos a sacar las consecuencias. De la improvisación, de la mala información, de la mala política…Y desde ahí tendríamos una salida excelente respecto a la cual, y aquí sí uso la palabra, soy relativamente optimista.

-Se ha hablado mucho también, especialmente al principio, que de la pandemia íbamos a salir mejores personas. Porque se han visto iniciativas de apoyo mutuo, la solidaridad con los sanitarios, etc. No sé si eso se nos ha olvidado ya. ¿Vamos a cambiar en algo desde el punto de vista humano?

-Este es un país que olvida pronto, a veces de gestos. Hay un momento que se desborda pero otro que se olvida. Es un mal endémico de este país y puede ocurrir ahora igual. Sin embargo, yo diría que de la misma forma que cuantitativamente, por desgracia, no va a haber un cambio positivo en la sociedad de momento, sí se han dado experiencias interesantes: de barrio, fundaciones, personales, etc. Estas sí han sacado consecuencias de la pandemia. Cuando se da calidad, eso puede influir a la larga en la cantidad. Sí es cierto que se olvida mucho pero también es cierto que hay mucha gente, conozco a mi hijo y unos cuantos más, que están trabajando en los barrios, en las universidades, con mucha racionalidad. Eso puede cambiar muchos aspectos que a la larga tendrán influencia.

-El asunto curricular de la filosofía y la ética está en el candelero. Publicábamos recientemente un artículo de Carlos Fernández Liria alertando de la situación. Hay revuelo por los planes del Gobierno en este sentido. ¿Por qué son importantes la filosofía y la ética en la educación?

-Son importantes, sobre todo, que se den bien. Primero hay que anotar que el Gobierno mintió con la Ética. Ha habido una tendencia, la del capitalismo optimista, de acabar con las ideologías dentro de otra más grande, que sería la de ganar dinero. Interesaba muy poco la actitud crítica. La filosofía es una lanza contra todas las credulidades falsas, contra toda la mentira, contra todo aquello que nos haga más incultos. Una buena filosofía se plantea eso y tiene que tener contacto con la ciencia. Y eso, al poder con mayúscula, no le importa. Le importa que la gente sea obediente. La filosofía, como es por naturaleza desobediente, siempre nos será necesaria para hacernos crecer como humanos.

-Se ha definido como libertario y como una persona que desea el socialismo libertario. Dedicó un libro al asunto, además. ¿Se puede ser libertario hoy en día en esta sociedad?

-Pienso que muchas veces van primero las ideas y más tarde la praxis. El hecho de que uno no haya realizado aquello que ha pensado no quiere decir que no se vaya a realizar nunca. Es cierto que en una sociedad muy maniatada por el poder económico, cualquier intento de modificar el sistema es…no voy a decir imposible porque soy utópico, creo que se puede cambiar, pero lo veo muy difícil. También es verdad que hay cada vez más gente en el campo de pensamiento, lo fue Hannah Arendt, lo es Chomsky en este momento, que postulan una serie de principios como la democracia directa, el respeto primario a la libertad, la limitación de tiempo del poder político, que los partidos políticos, si existieran, fueran completamente transparentes, etc. Eso se puede hacer. Eso en algunos sitios se está haciendo. Eso se hizo en algunos sitios durante la Guerra Civil española. Eso se ha dado en otras culturas. Y decir que es imposible es tirar el niño con aljofaina. Lo que creo es que es sumamente complejo, estamos a la contra y no nos va a ser fácil. Pero sin embargo, no hay que desistir. Y acabo con una frase de Lichtenberg: algo será posible, por difícil que sea, si actuamos como si fuera posible.

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