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Balcanización de rebaño (Artículo de opinión de Rafael Cid)

<<El plural de anécdota no es estadística>>
(Refrán popular)

Habría que recurrir al cuadro de Goya Duelo a garrotazos, también conocido como La riña, para visualizar esa otra pintura negra de nuestra azarosa actualidad que es la forma y manera en que la clase política está gestionando la pandemia. Una crisis sanitaria que nos ha encumbrado al podio del mayor número de muertos y de clínicos contagiados por millón de habitantes del mundo. Bastaría con poner en lugar de los gañanes que se lían a hostias enfangados hasta las corvas a los sufridos españolitos, escindidos a la greña por obra y gracia de nuestros agudos representantes. Empeñados en desatar un huracán de furia y ruido, bronca y esperpento, para tapar la dimensión sideral de la tragedia que nos asola.

Ni en los Estados Unidos del patético y cretino Donald Trump, ni siquiera en el Brasil del memo y xenófobo Jail Bolsonaro, se ha llegado a tanto ni han ido tan lejos en la incitación al repudio maniqueo (filias y fobias), mientras el siniestro contador de la morgue acumula víctimas del covid-19 sin hacer distingos. Y eso que se trata de dos mastuerzos insuperables por sus dislates, melonadas e inquina hacia los más vulnerables. Entonces, ¿por qué ostentamos aquí esa doble morbilidad de tener a la vez a los más cínicos y demagogos en los puestos de poder mientras la gente sencilla paga con la vida y la salud las consecuencias de su colosal pifia? ¿Por qué razón otros países más modestos en cuanto a capacidad económica y de parecidas características sociológicas están sabiendo llevar la crisis con un acierto y dignidad que les ha puesto en la órbita de la ejemplaridad cívica?

Porque no es cuestión de ideologías (el coronavirus no es de derechas ni de izquierda; tampoco los aplausos a los sanitari@s) ni de colores, ni siquiera de potencial científico. Se trata, como en tantas otras cosas, de sentido común, decencia y responsabilidad en la rendición de cuentas ante una sociedad a la que prometieron servir cuando aceptaron sus cargos (en la salud y en la enfermedad, en la fortuna y en la desdicha).

Un contrato social condicionado que ahora pretenden blindar recurriendo a la técnica del ventilador y el decreto-ley del tiro porque me toca. Lo que no ha ocurrido ni en Grecia, con un gobierno conservador, que tiene 75 veces menos fallecidos que nosotros (156 frente a 27.321 a 15/05), ni en la vecina Portugal (2.334), con socialistas al frente y 11 veces menos defunciones. Dos países que sufrieron sendos y dolorosos rescates durante la Gran Recesión del 2008, dejando sus respectivas redes de sanidad pública malparadas. Sirva lo anterior para no buscar excusas de parte en el socorrido agravio comparativo.

Seguro que hay más de una explicación para esta debacle, pero sin duda una de ellas tiene que ver con la premeditada balcanización de la pandemia. Esa trifulca banderiza en que se han amalgamado gobiernos y oposiciones, aquí y allá, escoltados por sus respectivos agentes de influencia en la galaxia mediática. Una gresca que no se detiene ante nada, sembrando de minas informativas a favor y en contra el día a día de la cruel pandemia, sin reparar en más consecuencias que las que tienen que ver con salvar sus prebendas.

Con esa mugre sobre el relato de la funesta cotidianidad, el país se ha convertido en una pelea de gallos entre tirios y troyanos, montescos y capuletos, Indas y Ferreras. Un serial pesebrista donde solo la mentira, la doblez y el escarnio tienen asiento, mientras los ciudadanos asisten entre atónitos y resignados a su propio memorial. Como si disciplinarse en un partidismo hooligan sirviera de escudo y eximente ante la desgracia en escalada. Parecida proyección psicológica se vivió en las guerras carlistas con aquel <<detente bala>> que portaban los más fervorosos combatientes a modo de escapulario redentor.

De esta manera, la ansiada inmunidad de rebaño brota fanatizada al fomentar la superstición de que <<a garrotazos>> la pandemia se disfruta mejor. Abierta la puja del <<vale todo>>, asistimos a un obsceno carnaval de disputas, soflamas y pantomimas interminables que, sin tener nada que ver con el problema principal, contribuye a la buscada ceremonia de la confusión. Que pillán a la mojigata presidenta madrileña Díaz Ayuso pasando la cuarentena en un apartamento de lujo por el forro, sus correligionarios sacan a pasear el casoplón de Iglesias. Sensu contrario, que prende un follón mediático con las fotos de la susodicha en pose Mater Dolorosa, desde la otra orilla desertan de cuando eran ellos mismos los que lucían en las portadas de revistas en plan pasarela Cibeles (Íñigo Errejón, en Marie Claire y Esquire; Pablo Iglesias en Vanity Fair o Irene Montero en Fashion and Arts).

Un toma y daca burdo, estigmatizante y baldío, porque cuanto mayor es la traca más rentable resulta la mascarada. No hay límites. Vemos comparecer en las teles al socialista de plantilla Rafael Simancas acusando a la comunidad de Madrid de haber provocado la alta letalidad que registra España, impasible el ademán, cuando las cifras oficiales muestran que son Castilla la Mancha, Extremadura y Aragón, territorios regentados por el PSOE, los que se llevan la palma en el luctuoso ranking.

Escuchamos a la caverna despotricar porque Unidas Podemos (UP) ha sacado el periódico digital La última hora <<para desprestigiar a los que critican al gobierno>>, ocultando que ha sido la derecha la que históricamente ha capitalizado el favor de la opinión publicada (hasta que el felipismo emparentó con El País). Una deriva devastadora que nadie detiene ni a nadie deja indiferente. Estos días hemos escuchado a diputados de UP llamar <<pijos y cacerolagolpistas>>, azuzando incluso a la represión policial, a vecinos que protestaban contra el gobierno en barrios acomodados de la capital, renegando del democrático derecho a la disidencia que los que ahora ocupan el poder exigían cuando se tildaba a los indignados de <<niñatos y perroflautas>> .

Un rifirrafe impostado a ganancia de pescadores en el río revuelto del <<y tú más>>, al tiempo que la casa común cruje por los cuatro costados. Mientras Indas y Ferreras, y sus respectivas terminales, nos embaucan con monsergas, homilías y aspavientos de quita y pon, seguimos instalados en la duda socrática. Solo sabemos que no sabemos nada. Ni de si mascarillas si o mascarillas no. De quién y cómo se decide la desescalada para unos y el confinamiento para otros. De la razón oculta en unos ERTEs que con el PP eran mortales de necesidad y ahora parecen la clave para que <<nadie se queda atrás>>, aunque en realidad supongan un cómodo y barato rescate para las grandes empresas.

O del aquelarre de un rosario de multas y detenciones por la aplicación de la ley mordaza justificado en estos momentos para mantener a raya la pandemia <<por nuestro propio bien>>. Y es que hasta los malvados de antaño fulgen hogaño como gentes de bien (Ciudadanos, el dispositivo del Ibex inserto en el trifachito, resulta hoy un valioso aliado progresista).

Es una guerra, en la que todos somos soldados. Dicen los que ostentan el mando único e integral. Y como en toda guerra, incluso en las de Gila, la primera víctima es la verdad.

Rafael Cid

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