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Julio de 1977: Jornadas Libertarias (Por Pepe Ribas)

La expectación era enorme. Los políticos pactistas del Parlamento, el alcalde y los periodistas más controladores estaban de vacaciones. Sin órdenes contrarias, la ciudad fue tomada por las banderas rojinegras y los libertarios. El encuentro internacional abrió los telediarios y copó los titulares de toda la prensa, que por esas fechas siempre está falta de noticias.

La policía ocupó un discreto segundo plano y apenas hubo incidentes de consideración a excepción de los de la cárcel Modelo y los que la policía provocó por manifestarnos en favor de la amnistía de los presos anarquistas y de los comunes.

Me metí en la preparación de las Jornadas con el turbo puesto. El primer día, viernes 22, hizo calor y fue de infarto. Barcelona estaba repleta de gente venida de todas partes. La expectación era enorme. Los políticos pactistas del Parlamento, el alcalde y los periodistas más controladores estaban de vacaciones. Sin órdenes contrarias, la ciudad fue tomada por las banderas rojinegras y los libertarios.

El encuentro internacional abrió los telediarios y copó los titulares de toda la prensa, que por esas fechas siempre está falta de noticias. La policía ocupó un discreto segundo plano y apenas hubo incidentes de consideración a excepción de los de la cárcel Modelo y los que la policía provocó por manifestarnos en favor de la amnistía de los presos anarquistas y de los comunes.

La Cooperativa Cinema Alternativo proyectó por la mañana el documental CNT: un pueblo en armas. Recogía una síntesis de documentales rodados en diversos periodos. Visualmente se daba mucha importancia a la Columna Durruti y a las colectivizaciones tras la revolución de 1936.

A primeras horas de la tarde llamaron los ecologistas de TARA pidiéndome que fuera a las Ramblas inmediatamente y que de paso les llevara Alfalfas y «Energías libres», que habían volado. Yo estaba en el despacho con Toni Puig, Litus y Pepita Galbany preparando la maqueta del número uno de Barcelona Libertaria. Esperábamos a Francesc Boldú para confeccionar el alzado. Toni y yo pensábamos escaparnos al Parque Güell a media tarde. Félix García había montado la parada de venta de números atrasados e información; Santi Arnauda, una exposición con maquetas entre las columnas del parque, y Joan Úbeda asistía a Luisa Ortínez, de Vídeo Nou.

Nos apetecía pasar un rato con ellos y ver cómo iba la cosa. Pasaban cine, actuaban los grupos de teatro y se improvisaban debates de cualquier tema. Luego bajaríamos al Saló Diana a escuchar el final del primer gran debate: «Las luchas del Movimiento Libertario desde el 36 hasta nuestros días», que iba a moderar Luis Andrés Edo.

Salí de la redacción de Ajoblanco a toda prisa. Lo primero que Jordi Alemany me dijo fue que la policía les obligaba a desmontar la enorme cúpula geodésica instalada en plenas Ramblas y que no sabían qué hacer. Estaba tan impresionado que sólo pude decirle: «Las calles están llenas de banderas negras y carteles. Hemos tomado la ciudad. La Gran Vía está igual». «Lo sé, la decoración llega hasta el Parque Güell. Los polis nos han pedido el permiso y Dani les ha contestado que muy bien, que salud y anarquía. Ahora pretenden destruirla.» Cuando llegué hasta los grises, el resto de colegas de TARA negociaba el traslado de la cúpula al Parque Güell. «La pondremos junto al molino de viento que da energía eólica», me dijo Rosa Pastó contenta y decidida, y me dio un beso muy tierno.

Como estaba cerca, fui corriendo al Saló Diana para ver el ambiente. Cientos de personas llenaban las calles y en la puerta choqué con Beatriz de Moura y Carlos Semprún Maura en el mismo momento en que me dio un tremendo retortijón. Beatriz, la única gauchista que pisó las Jornadas, me acompañó a una farmacia de la calle Sant Pau. El boticario me hizo echar en el suelo y me dijo que tratara de levantar una pierna. Lo hice y aclaró: «Este chico no tiene apendicitis. Es flato».

Boldú, desde el escenario del teatro, brindaba los brazos de la solidaridad libertaria a los colectivos que habían llegado de distintos países y ciudades de España. Eran innumerables. Luego dijo que la prensa burguesa hablaba de protagonistas —por Cohn-Bendit, el líder del Mayo francés, portada en muchos diarios— cuando lo que importaba a los libertarios eran los contenidos y no los líderes ni los intelectuales en busca de fandango.

Empleó en algún momento las palabras «paleoanarquista anclado en el 37». Supongo que se refería a los viejos de Toulouse y a los pestañistas que se les enfrentaban. «Armar una organización que depende de la asamblea abierta sin líderes ni dirigentes no es fácil, pero nuestra historia nos lega técnicas de organización para no caer en el dirigismo.» A continuación José Luis García Rua, de Granada, reivindicó no celebrar el 18 de julio sino el 19, cuando el pueblo en armas derrotó al fascismo. No pude escuchar a Cipriano Damiano ni a Daniel Cohn-Bendit. Salí con prisa hacia el Ajo a hacer el diario. Toni me necesitaba. Concluido el trabajo Santi, Toni, Francesc, Juanjo y yo iríamos al festival de música del Parque Güell.

Santi Soler no pudo acompañarnos aquella noche por problemas de salud. Lo hice en compañía de Juanjo, Pepita, Litus y Toni. La marabunta de gente desbordó todas las previsiones. Había viejos cenetistas estupefactos ante el calor de la juventud rebelde que rompía los moldes del autoritarismo. Había chavales de todos los institutos de la ciudad y de la periferia junto a miles de jóvenes, desde los más militantes hasta undergrounds y pasotas de medio mundo. Mientras charlábamos alegremente con los miembros del grupo de teatro aragonés El Patito Feo, Karmele Marchante y Andrés Grima nos presentaron a Dany el Rojo. Me sorprendió su barriguita. Nos contó que estaba perplejo ante el panorama y que vivía en comunidad en Frankfurt, donde había montado una cooperativa de venta de libros. Nos alertó ante los Schmidt,* Soares y González: «Son los nuevos embaucadores; venden lo mismo que los fascistas pero envuelto en lazos de socialismo desguazado». Karmele me pegó un empujón indignada y en un aparte me contó que unos machos se habían entrometido en el debate feminista y opinado sobre la problemática de la mujer. Karmele era entonces una feminista radical muy coherente y la periodista que más revolucionó las redacciones de Mundo Diario y Cataluña Express, que pertenecían a la misma empresa; no sé en qué momento de su vida se decepcionó y huyó de cualquier causa. Aquella noche, tras explicarme la incursión de «los machos», lanzó unas ruidosas risotadas, entre crueles y chistosas, que no se me olvidarán en la vida. No me atreví a verter comentario alguno. Los directores de cine libertario José María Nunes y Antonio Artero, rodeados por un montón de chavales que les hablaban al mismo tiempo, llegaron hasta nosotros y comentamos el guirigay internacional de las Jornadas.

Los debates del segundo y tercer día en el Saló Diana esbozaron las diferentes propuestas de marxismo y anarquismo sobre las cuestiones del Estado y la política, y se discutieron también los problemas de coordinación del movimiento libertario con la CNT. En el Güell, bajo un sol de justicia, siguieron las actuaciones de los grupos de música y teatro, las polémicas feministas, el rodaje de Vídeo Nou, las exposiciones, las paradas de libros, folletos y revistas. Las charlas de ecología junto a la cúpula y el molino atraían especialmente a los chavales hijos de la emigración, supongo que por ser la primera generación que no había crecido en los campos sino en pisos de extrarradio de sesenta metros cuadrados. Transmitían una pasión por la naturaleza heredada de los abuelos más visceral que ideológica.

Por los altavoces del parque sonaba una y otra vez Trans-Europe-Express, de Kraftwek. Los responsables de la organización sabían, por lo visto, de qué iba la música. Era raro escuchar aquello allí. También se improvisaron debates sobre la COPEL —aquellos días se sucedían ininterrumpidamente motines de presos comunes en las cárceles de toda España—, sobre la educación libertaria y cómo organizar los ateneos y la autogestión en las fábricas. Recuerdo una amena conversación con Antonio Morales, del Comité Regional, sobre lo que nos había ocurrido en el mitin de Montjuïc con Juan Gómez Casas. Antonio iba de cráneo, era el encargado de los actos y actuaciones del Parque Güell.

Al anochecer, los grupos de trabajo se desvanecían y bajaban de todos los recodos del parque en hileras infinitas hasta la gran explanada. Iban en busca de la temible ascensión de la fiesta libertaria. Seiscientas mil personas pasaron por el parque. Un par de generaciones de entre quince y treinta y pocos años quisimos tras el franquismo unir la fiesta con el ocio, la cultura, la educación, la revolución, el sindicato y las diversas memorias históricas. Inaudito.

Charlaba satisfecho con Toni, Juanjo y los amigos de la Sala Villarroel y de la librería Epsilon cuando pasó Ocaña. Al vernos reír exclamó: «Ay, nenas, una que está emocionada, va a reivindicar lo obvio a lo grande». Aquella noche fui muy consciente. Quim Monzó y Albert Abril se equivocaron, cuando años atrás pontificaban que toda revolución estaba perdida de antemano. Yo viví una. Y aunque no fue lo que quisimos, cambió la mentalidad española para siempre, aunque ahora parezca que el Partido Popular fundado por Fraga pretenda devolvernos a las cavernas de la ira.

Hacía un mes que el FAGC había montado la primera manifestación homosexual en las Ramblas con motivo del día internacional del orgullo gay. Habían exigido la inmediata derogación de la ley que condenaba a los homosexuales a la marginalidad: «Libertad sexual, amnistía total», gritaban en cabeza Armand de Fluvià y Jordi Petit, los veteranos luchadores por los derechos de los homosexuales. Junto a ellos iban Camilo, Ocaña y Nazario, vestidos de sevillanas entre un revuelo de abanicos y volantes.

En plena actuación de un cantautor, los tres reyes de la Ramblas coparon el escenario. Nazario llevaba una red en vez de camiseta, Ocaña iba con un traje negro de mujer y Camilo sólo vestía unos pantalones blancos. Allí plantados improvisaron un estriptis. A partir de aquello, toda convención se vino abajo. Mucha más gente de lo que cualquiera pueda suponer hizo el amor por vez primera en su vida entre los árboles de un parque. Algunos viejos se escandalizaron de lo que veían. Juanjo dijo que en la CNT no todos aceptaban el amor libre. Una muestra más del quiebro generacional.

Karmele publicó dos días después en Mundo Diario un artículo breve que sintetiza el espíritu de aquellos días. Lo tituló «La larga noche de la Anarquía»: «Las Jornadas han sido un éxito de espontaneidad, de imaginación, de creación, de antiautoritarismo, de crítica al poder en plan cachondo. El parque se convertía por la noche en un dormitorio colectivo, cuando los agotados currantes sacaban los sacos y esperaban a la mañana del otro día. De todo ha habido estos días. Abrazos y golpe de porra. Idas y venidas a la cárcel Modelo entre manifestaciones y “saltos”. Encendidos gritos de “Todos a la calle, comunes y políticos”. La tensión que se creó con motivo de los motines de diversas cárceles del país fue aprovechada desde las Jornadas para pedir amnistía total. Los anarcos piden las cosas a golpe de imaginación y humor.

Todo estaba admitido. Hubo una especie de pacto colectivo para que la libertad se convirtiera en ideología. Por eso cuando Pepe Ocaña, Camilo y Nazario, travestidos y traspuestos, se subieron al escenario, el orgasmo delirante se hizo colectivo. Mientras se iban quitando la ropa a los acordes de un “que se desnude y que se mee”, Pepe Ocaña consiguió el micro y entonó un pasodoble. La orquesta de rock que estaba actuando tuvo que callar, el personal sólo tenía ojos para la improvisada actuación de los travestis. Lo increíble se hizo realidad en el momento en que Ocaña espetó: “No soy gitana pura, soy gitana libertaria, por eso pido amnistía para todas las mariquitas”, a la vez que se orinaba en olor a aplausos. Los rubios europeos, que estaban de visita, y que se suponía que están tan “à la page en todo”, no daban crédito a lo que veían. Quizá porque no están acostumbrados a conjugar el surrealismo con el sentido del humor y la ilógica libertaria».

Sin embargo, hubo un punto oscuro, un incidente que evidenciaba el futuro que nos aguardaba. El debate que suscitaba más interés, cómo articular el movimiento libertario en el futuro, zozobró a causa de las intransigencias que fomentaban tanta desunión, tanta intriga y tanta secta.

El lunes 25 de julio a las cuatro de la tarde el programa anunciaba, en el Diana, «Crítica a la sociedad industrial y alternativas libertarias. Anarquismo y ecología». El enunciado era algo rimbombante pero todos sabíamos a qué hacía referencia. En aquella ocasión el equipo de Ajoblanco participaba a través de Jordi Alemany, de TARA. El Saló Diana estaba repleto. Pasaban los minutos y nada. En una gran pantalla aparecieron una sucesión de diapositivas que evidenciaban la violencia de Estado. Contra la naturaleza, contra los manifestantes, contra los presos sociales. ¿A cuento de qué venía tanta foto? Alguien dijo que había que ir a la Modelo a sacar a los presos. Vimos discutir a Boldú, Luis Andrés Edo y cuatro o cinco más en un rincón del escenario. ¡Qué nervios! Edo agarró el micrófono y dijo que había la propuesta de suspender el debate e ir todos juntos al Parque Güell, porque se había avanzado el acto de clausura para que todo el mundo pudiera acudir a las nueve de la noche a una gran manifestación en favor de la amnistía de los presos sociales y anarquistas frente a la Modelo.

Aplausos de unos, pataleo de otros. Más discusiones. Toni y yo nos apalancamos en un rincón e hice un gesto a Xefo Guasch, que estaba con Joan Úbeda, para que lo grabara todo. Joan me explicó el susto que vivió el día anterior, mientras grababa solo por primera vez en su vida y los grises entraron en el Diana persiguiendo a un manifestante en favor de la amnistía. Con Toni comentamos la situación. Edo había estado preso muchos años y ahora vivía un sueño: Barcelona respiraba la anarquía como en tiempos de Durruti, pero en la cárcel de la misma ciudad había anarquistas. Un tipo desaliñado agarró el micro y dijo: «En Carabanchel hay un motín y cuatro muertos». Alguien exclamó: «¡Un provocador!». Creció el desconcierto. Edo anunció que la información era falsa y secuestró el micro.

Un chaval rubio con acento catalán aseguró que los cenetistas de toda la vida no querían que se celebrase el debate más trascendental para el futuro del movimiento libertario y de la CNT, que dicha actitud era intolerable. Un grupo de faístas* o leninistas infiltrados, no sé, lo abuchearon y repitieron la consigna: «Anarquistas y comunes a la calle. Asalto a las cárceles franquistas». Otros exigían el debate ya.

Edo volvió a hablar. Dijo que el compañero Romano pedía resumir una ponencia contra el desarrollo y en defensa de las teorías de Kropotkin que el grupo Isaac Puente, de Bilbao, había elaborado concienzudamente. La intervención iba a durar diez minutos. «Tras la ponencia votaremos a mano alzada la suspensión o no del debate para llegar al acto de clausura en el Güell.» Boldú pasó junto a nosotros echando chispas y afirmó: «He roto con Edo para siempre. Voy al Güell a clausurar las Jornadas».

La exposición duró una eternidad y cada vez había más gente. El ponente defendía otro modelo de desarrollismo. «Entre la Phisis y la Polis, seguimos la tradición naturista de los anarquistas españoles. El modelo de desarrollo de Estados Unidos exportado a todos los países implica que el planeta reviente. ¿Acaso los anarcosindicalistas pretenden autogestionar las multinacionales?» Edo, media hora después, tenso e irritado, se plantó junto a él. El bilbaíno siguió cinco minutos más como si nada hasta que desapareció de escena. Más revuelo. Que si se votaba, que si se iba al Güell o no. Un guirigay que concluyó con una votación a mano alzada que fue favorable a la suspensión. Pero mucha gente se negó a abandonar el teatro porque creía que el debate pendiente, cómo organizarse, era el más importante de las Jornadas. «Yo me voy al Güell. Quien quiera seguir aquí que lo haga, el micro se queda y os lo montáis», concluyó Edo.

Pitos, lío e indignación. También aplausos. Militantes obedientes empezaron a marcharse. Los más, libertarios a punto de sindicarse, no se movieron. Los italianos que habían venido ex profeso para decidir si calcaban el modelo de la CNT en sus feudos no entendían qué pasaba. La sala siguió llena, se nombró un nuevo moderador, Oriol Albó, del colectivo Bardina, y siguió el debate. No recuerdo el nombre del tipo con acento catalán que expuso con una precisión demoledora los problemas que acechaban a la CNT y a los libertarios españoles en general. Era algo que afectaba a media Europa y de cuya solución dependían demasiadas cosas como para jugar con ellas. Los del colectivo Vídeo Nou conservan grabada dicha intervención. Antes, salió Jordi Alemany. Con emoción hizo un llamamiento en favor de la unidad de todos los que defendían la acción directa e insistió en que le parecían absurdos los planteamientos sectarios. «Ir en favor de la amnistía total es compatible con el debate más decisivo de estas Jornadas. Cuando el capital actúa unido en todos los frentes, nosotros no podemos ir por un lado, los homosexuales por otro y los ecologistas por otro. El movimiento libertario tiene que dar cabida a todos los grupos, sin sectarismos.»

La intervención que me dio tanto que pensar situó a la CNT en un contexto histórico superado. Los obreros se habían educado en el sindicato y en el ateneo libertario, mediante conversaciones y lecturas, cuando la CNT luchaba en el marco del mundo del trabajo y de la producción. Pero a partir de la década de los cincuenta, la irrupción de la televisión y de la cultura de masas había invadido todas las áreas, incluidas las del ocio y las vacaciones, conquistando las distintas esferas de la vida y desvirtuando la línea divisoria entre la cultura de la clase obrera y la de la burguesía, y al mismo tiempo emergían otros conflictos, como el deterioro ambiental del planeta, que afectaban a todos. La CNT del futuro, dijo el anarquista cuyo nombre no he podido averiguar, ya no podía centrarse sólo en el mundo laboral. Cada grupo alternativo debía desarrollar una propuesta en su campo de acción, juntarlas todas y elaborar una alternativa global en los diversos campos de la vida cotidiana. Pero aquella intervención profética se la llevó el tiempo.

Fotos 1,2,5 y 6: Pilar Aymerich

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