El ocaso del señuelo americano (Por Rafael Cid)

<<Solo en el conflicto con la luz, la oscuridad alcanza su profundidad más honda>>

(Walter F. Otto, Los dioses de Grecia)

Se veía venir. Cada partido ha arrimado al ascua a su sardina al valorar pro domo lo ocurrido en la toma del Capitolio estadounidense, incluso a riesgo de confundir el rábano con las hojas. Todos, a diestra y siniestra, coinciden en buscar imputaciones en el adversario político, y al mismo tiempo en ignorar el único precedente habido en España realmente comparable a lo sucedido en EEUU. El 23-F, perpetrado por un grupo de militares y guardias civiles armados que ocupó a tiros el Congreso de los diputados en 1981 para frustrar la alternancia en el gobierno, cuando se procedía a votar la investidura de un nuevo presidente del país. 

De un lado, Partido Popular, Ciudadanos y Vox buscan un paralelismo obsceno en los varios <<rodea el Congreso>> habidos, y se lo endilgan a Unidos Podemos (UP), cuando en su arranque los de Iglesias ni existían. Y del otro, se hurga en el acoso al Parlament, obviando que en su origen aquella fue una protesta intergeneracional, apartidista y espontánea contra los crueles ajustes y recortes infligidos en Catalunya desde las instituciones.  Y aun así, ambas disidencias fueran instrumentalizadas como trampantojos para aprobar la Ley Mordaza, que tanto juego ha dado para sancionar el desacato durante el confinamiento, ahondando aún más la brecha entre gobernados y gobernantes.

Eso en el plano nacional,  porque lo que ha venido de extramuros es igualmente descabellado y oportunista. Ahí está el cinismo de la dictadura china al equipararlo con las multitudinarias manifestaciones de los ciudadanos de Hong Kong contra la punitiva Ley de Seguridad  Nacional impuesta por Pekín. Conviene discriminar, no vale juntar churras y merinas calibrando a bulto. Lo de Washington es un autogolpe parafascista fomentado desde la más alta magistratura del Estado para liquidar el turnismo político. Esa amputación es un rasgo que hace especialmente grave lo ocurrido. No se trata de una sublevación ciudadana contra poderes que legislan despótica y autocráticamente. Baremo en el que entrarían las referidas rebeliones de Madrid y Barcelona, y las producidas en la antigua colonia británica. Testimonios de la justa, legítima y necesaria autodeterminación de la gente como activo democrático. Y en todos esos casos, con la característica de que no pretendían quitar ni poner rey. Eran la expresión vehemente  del rechazo al sistema en su conjunto sin ningún soporte partidista ni liderazgos áulicos.

Porque revueltas instigadas por la clase dirigente para excluir al oponente político se han dado a troche y moche. Sin retroceder en el tiempo a cuando el sandinista Edén Pastora irrumpió en el Palacio Nacional de Anastasio Somoza, podemos recordar la violenta incursión de los partidarios de Nicolás Maduro en la Asamblea venezolana  para impedir el nombramiento de Juan Guaidó como presidente encargado. Aquí pintan bastos, y no hay que saltar el charco para encontrar prácticas de acoso y derribo monitorizadas desde instancias del poder. La más reciente entre nosotros se produjo cuando cuadros del PSOE y de Unidas Podemos fletaron autobuses para boicotear la designación del líder del PP andaluz, Juan Manuel Moreno, como máximo responsable de la Junta con el apoyo de Cs y Vox. En ambos casos, la excusa era del mismo rango e intolerancia que la esgrimida por los inflamados trumpistas. Se llame <<conspiración de las élites>> o <<alerta antifascista>>.

Establecido este esquema de espejos cóncavos y convexos, hay que señalar lo que constituye el hecho diferencial y decisivo que hace del asalto a las Cámaras algo radicalmente diferente a todo lo conocido. Hablamos de la fractura social que lo sucedido  entraña. Un cisma que va más allá de la simple bronca entre demócratas y republicanos que ha arrastrado consigo a buen parte de su cuerpo electoral. En ninguno de los ejemplos anteriores se produjo esa rivalidad caníbal entre ambas orillas ideológicas. Cualquier rastreo en busca de equivalencias nos llevaría inevitablemente al terreno de los llamados Estado fallidos, nunca a la experiencia de la nación que hasta hoy figuraba como faro de las democracias liberales, la más veterana y sólida de la historia moderna. El abismo que en Estados Unidos se ha abierto entre <<las dos Américas>>  deja en mera retórica nuestro tradicional y domestico vaivén de las <<dos Españas>>.

El sueño americano, su destino manifiesto, acaba de hacerse añicos revelándose como un esperpéntico señuelo. Pero sería un error dramático despachar los trágicos sucesos adjudicándoselos en exclusiva a la trayectoria de un personaje tan egocéntrico, tartufesco, desequilibrado  y manipulador como Donald Trump, míster simplicissimus, y a sus ceñudos rambos. Nos haríamos trampas en el solitario, como ya se lo están haciendo todos aquellos que recurren al fácil expediente de etiquetar masivamente a los encolerizados trumpistas como una partida de descerebrados de extrema derecha sin más ni más. Muerto el perro, se acabó la rabia. Porque si esto fuera verdad, deberíamos admitir con preocupación que la mitad del pueblo americano y muchos de sus estamentos que, según las últimas encuestas apoyan a los facinerosos, son unos peligrosos hampones que superan en maldad y cretinismo al mismísimo Ku Klux Klan. Eso es una caricatura al servicio del onanismo de determinadas plataformas dirigentes que no quieren sacar las debidas consecuencias éticas y políticas de la feroz emergencia de un populismo reversible entre las clases sociales más golpeadas por la Gran Recesión. Non sequitur.

Siendo cierto que existen amenazantes grupos fascistas en la órbita del inquilino de la Casa Blanca, buena parte de esos 75 millones de votantes que todavía en las últimas elecciones le entregaron su voto pertenecen a algunos de los sectores más vulnerables y desestructurados de la población. Un variopinto contingente donde sin duda pululan supremacistas WASP (blancos, anglosajones y protestantes), pero también trabajadores de la industria venidos a menos; agricultores y ganaderos de la América profunda; obreros y empleados en precario, y otras tantas personas y colectivos a los que crisis económica y la globalización dejó huérfanos de futuro en el imperio de las grandes oportunidades. Y de la misma forma que otras luminarias en Europa han convencido a millones de ciudadanos que no existe más esquema de organización de la sociedad que el humillante eje arriba-abajo, los adictos al trumpismo se consideran víctimas propiciatorias de las codiciosas políticas dictadas desde los despachos financieros y las grandes corporaciones. 

No tener en cuenta el cómo y el porqué de lo allí acontecido nos abocaría a un callejón sin salida, sin atender a las metástasis sueltas. Hay que atacar el <<y ahora qué>> para no edificar sobre arenas movedizas. Sobre todo porque la dramática conjugación de pandemia y crisis económica global ciega  perspectivas humanistas y fomenta salidas cortoplacistas a lomos del panóptico digital. Doctores tiene la Iglesias, pero en la base de esta disrupción convivencial hay que situar el auge y fomento de la política de los instintos.

Un código de conducta despiadado que se mira en la doctrina del filonazi Carl Schmitt y convierte al adversario político, al disidente, al discrepante, en enemigo al que es preciso neutralizar. La vida social en blanco y negro, izquierda y derecha, buenos y malos, niño o niña, sin matices ni graduaciones, y su tórrida bipolaridad. La nueva normalidad del populismo que ha ido penetrando en los intersticios sociales más porosos e indefensos, elevando a categoría de ley códigos de conducta de exclusión (<<o conmigo o contra mí>>, <<el amigo de mi enemigo es mi enemigo y viceversa>>, el “y tú más”, etc.). En realidad se trata de la reificación de una colosal incapacidad política. Cuando asaltar los cielos, en sus distintas y variadas modulaciones ideológicas, es imposible por haber entrado a formar parte del problema, los nuevos cruzados encubren su impotencia transformadora vociferando la vendetta político-social como seña de identidad. Tienen a su favor la propia dinámica de un sistema estatal que funciona autoritaria y jerárquicamente de arriba-abajo por persona interpuesta. Cuando ruge la marabunta.

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