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Naufragio libertario? Contradicciones y luchas (Artículo de Ermengol Gassiot)

He oído varias voces que hablan de las contradicciones del movimiento libertario, especialmente por estas latitudes. Personalmente, no las voy a negar. La vida, en sí misma, nos lleva a contradicciones. Básicamente porque la realidad demasiado a menudo es la que es y no la que quisiéramos que fuera.

En consecuencia, tomar una actitud activa ante la vida, ante la realidad como tal, nos lleva a tener de contradicciones. Y no creo que sea algo dramática sino la simple consecuencia de estar vivos y de no ser simples espectadores de esta realidad. Trato de ilustrarlo a partir de situaciones que he vivido. Y estoy seguro de que mucha otra gente podría mencionar unas cuantas más.

A finales de los años 1980 e inicios de los 1990 miles de jóvenes adoptamos una actitud activa de desobediencia del estado, de sus leyes para mostrar un rechazo radical al militarismo y al secuestro de una época de tu vida que significaba el Servicio militar Obligatorio. La “mili”, que llamábamos. Miles terminamos con condenas de prisión (y cientos entraron) y también miles inhabilitados. Las detenciones y encarcelamientos preventivos también habían sido frecuentes en ciertos momentos y en ciertos lugares del estado, entre otros en Barcelona.

Pues bien, nuestra apuesta no estaba exenta de contradicciones y en gran medida éramos conscientes. Sabíamos que en caso de ganar (y queríamos que nuestra lucha ganara) corríamos el riesgo de que la victoria fuese parcial y sirve para justificar un ejército profesional, como así ha ocurrido. Un modelo militar que ya entonces se iba imponiendo en otros estados capitalistas y que ahora es dominado los estados europeos. ¿Le estábamos haciendo el juego? Desobedeciendo, practicando la insumisión, también pretendíamos cuestionar el régimen, el valor y sentido de las leyes, el estado en sí mismo. Ahora sabemos que el resultado de todo ello se quedó a medio camino y que, en cierta medida, que pretendía un cierto diseño del ejército español seguramente pudo aprovechar nuestra lucha.

Con todo, sigo pensando que la lucha por la insumisión fue uno de los movimientos sociales más relevantes de aquel estado español donde, bajo las mayorías absolutas del PSOE y la destrucción de las luchas vecinales y obreras del final del franquismo, poco se movía.

El relevo en la insumisión el tomó el movimiento okupa de la segunda mitad de los años 1990. Siguiendo el hilo de la acción directa colectiva, supuso un ataque tanto a la propiedad privada como la cultura del “consenso democrático” (que en el fondo quería decir no cuestionar el poder). Reivindicamos que el derecho a utilizar las cosas, su “valor de uso”, iba por delante de su propiedad cuando no se usaban. Y reclamamos también que éramos la población, organizada colectivamente en movimientos sociales, quien tenía la capacidad de valorar sus necesidades y emprender acciones oportunas para resolverlas. Al margen de las instituciones.

Como vivíamos (y vivimos) en una sociedad desigual y con explotación y opresión, hacerlo implicaba activar conflictos. Violentemos la acumulación privada de inmuebles y la especulación urbanística. Y teníamos claro que con la represión respondíamos con más conflicto (“un desalojo una ocupación”). Sabíamos que ser consecuentes con esta apuesta política comportaba sufrir represión, tanto en forma de desalojos y agresiones policiales como judicial. Para hacerle frente nos tuvimos que poner a la defensiva y entrar en dinámicas de resistencia y de respuesta antirepresiva. Juicios y más juicios, desalojos y más desalojos. Identificaciones. Detenciones. Y así, semana tras semana.

La contradicción era clara, ser como éramos nos impedía hacer lo que queríamos hacer y ser: crear espacios de contrapoder colectivos, al estado y al capital. Algunos / as optamos por resolver esta contradicción suavizando el discurso, las formas y los objetivos. Una de las caras más conocidas de este sector ahora es alcaldesa de Barcelona. Quizás, incluso, nuestra radicalidad les hizo el juego, dejando un espacio de movimiento y permitiéndoles ser las caras amables todo descafeinando objetivos. En todo caso, de nuevo tuvimos que gestionar y tomar posiciones en medio de contradicciones.

Estas semanas el mundo libertario nos movemos en otro escenario contradictorio. Hemos hablado y hemos visto varios posicionamientos al respecto, tanto colectivos como de voces referenciales. Por tanto, no voy a entrar a discernir los diferentes argumentos. Todos tenemos claro que se trata de pensar como existimos como libertarios en un escenario donde hasta ahora hemos sido muy marginales y que no hemos condicionado demasiado. Pero muchos tampoco se nos escapa que en este contexto han vuelto a aflorar prácticas desobedientes que hacía tiempo que no vemos.

Y posicionarse a ellos es complicado: entre la voluntad de no entrar en dinámicas transversales y no hacer el juego a la (pequeña) parte de la burguesía catalana “soberanista” y al mismo tiempo tampoco avalar con pasividad un estado (el único que de momento es real, que es el español) abocado a marchas forzadas formas cada vez más autoritarias. O mantenerse autistas ante reivindicaciones plenamente asumibles para nosotros, como la autodeterminación de los pueblos (nosotros le añadimos, sin embargo, la autogestión plena).

Pero tampoco queremos caer en aceptaciones de cosas que nunca hemos aceptado, como gobiernos y parlamentos legítimos, etc. El debate es necesario. No perder de vista quiénes somos, qué queremos y donde estamos es imprescindible. Sin embargo, no comparto algunas visiones casi apocalípticas sobre cómo se ha desarrollado el movimiento libertario en esta realidad. No estamos naufragando, simplemente vivimos en una realidad convulsa y, al mismo tiempo, altamente estimulante y dinámica. Personalmente, tiendo a confiar en la inteligencia colectiva y, por tanto, en los posicionamientos similares de la mayoría de las familias anarquistas y libertarias catalanas.

Como decía, las contradicciones son inherentes al hecho de vivir y, especialmente, de ser activos y activas individual y colectivamente. No es una tragedia, como tampoco lo es que dentro de un mismo espacio ideológico tengamos diferentes posturas de cómo resolver una situación o escenario concreto. De hecho, las unanimidades a la búlgara recuerdan más bien al estalinismo. En realidad, el anarcosindicalismo en sí mismo vivimos y arrastramos también importantes contradicciones que, a fecha de hoy, no hemos resuelto.

Por ejemplo, decimos que queremos transformar de raíz, es decir, radicalmente la sociedad. Pero una buena parte de nuestra actividad cotidiana se centra en actuar, dentro de los marcos que ofrece la legalidad actual, situaciones laborales concretas. Entramos en este juego porque creemos que el día a día es importante, que las pequeñas conquistas ofrecen una base para caminar y para que, supongo, nos da miedo que una actitud demasiado “ideológica” nos aleje del mundo real del trabajo.

Otro ejemplo: mientras defendemos la acción directa y criticamos el sindicalismo de delegación, el día a día del sindicato donde estoy, y con el que me he implicado directamente, se articula en torno órganos de delegación en los centros de trabajo. Unos órganos, los comités de empresa, construidos por el estado y el sindicalismo de concertación para restar autonomía a la clase trabajadora y erosionar sus espacios de democracia, las asambleas. La contradicción es brutal. No estar nos aleja de nuevo de los centros de trabajo. Estar ahí nos hace correr el riesgo de asimilación al sistema que combatimos. Creo que, desde un punto de vista revolucionario, ninguna de las dos respuestas que el anarcosindicalismo ha dado a esta problemática ha sido plenamente satisfactoria.

Por lo tanto. Puestos a elegir, posiblemente este último sigue siendo el reto más importante que tenemos el anarcosindicalismo o el sindicalismo libertario. Creo que la actual coyuntura en Catalunya, con sus idas y venidas, no nos debe hacer perder de vista.

* Ermengol Gassiot es Secretario General de la CGT de Catalunya

 

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