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Evolución histórica del anarquismo

La organización del anarquismo como movimiento de masas tuvo en Bakunin su más importante impulsor. Aunque trató inútilmente de insuflar el espíritu libertario en los movimientos nacionalistas y en la Liga de la Paz y la Libertad, tuvo más éxito en la conformación de la Alianza de la Democracia Socialista y, definitivamente, con la entrada en la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT, 1868). Sin embargo, sus enfrentamientos con la línea mayoritaria (que seguía las teorías de Marx, lo que sirvió para definir más puntualmente la ideología anarquista en oposición al socialismo comunista del marxismo), llevaron a la expulsión de los anarquistas en el congreso de La Haya (1872). Empujados por la oleada represiva que sacudió Europa tras los acontecimientos de la Comuna de París y expulsados de la I Internacional, los anarquistas centraron su actuación en la propaganda de base y la organización clandestina de células de actuación. Aunque la presencia de anarquistas se dio en todos los países europeos, en los de más desarrollo industrial fueron siendo postergados por otros modos de actividad proletaria; sin embargo, en países como Italia, Rusia, Suiza y España los anarquistas desempeñaron un destacado papel en la conformación del movimiento obrero, con un rápido y multitudinario crecimiento en el último cuarto de siglo y con una reconversión del aparato doctrinal, incrementando el peso del campesinado en la concepción globalizada del proletariado.

Tal vez la personalidad que mejor encarnó esta renovada concepción del anarquismo fue Enrico Malatesta. Los últimos años de su vida Bakunin los pasó en Italia, donde, tras ser condenado por la línea oficialista de la Internacional, reorganizó su Alianza de la Democracia Socialista. Uno de sus más adelantados discípulos fue Malatesta, que acabó siendo un gran propagandista de la idea libertaria, un dinámico activista y el mejor sintetizador del anarquismo latino. En su obra La Anarquía replanteaba las ideas de Bakunin y Kropotkin, tratando de superar las posibles contradicciones a las que habían llevado la pretensión de las concepciones científicas, basando la fuerza del movimiento proletario en la voluntad que, lejos de ser una ilusión incapaz de servir como instrumento de transformación social, era presentada como el más importante medio de actuación.

La mutua influencia del voluntarismo latino y del nihilismo ruso hizo que la última década del siglo XIX estuviera agitada por las actuaciones violentas anarquistas. Dada su organización clandestina o alegal y convencidos de que la línea pacífica nunca podría movilizar a las masas hacia el triunfo de una revolución social, optaron por la propaganda mediante el hecho, es decir, la acción directa. Las autoridades gubernamentales no entendieron la actuación anarquista como un conflicto político sino como un tema de seguridad interna, cuando no como mera delincuencia. Por ello, se desató una fuerte represión sobre los colectivos anarquistas, lo que, lejos de paliar el problema, hacía realidad la visión negativa del panorama político occidental, donde se estaban llevando a cabo transformaciones democratizadoras y se generalizaba el sufragio universal. La actuación violenta subversiva era contestada con la reacción violenta represiva que, a su vez, se legitimaba por ella. Víctimas de este círculo vicioso violento fueron centenares de personas: empresarios, sindicalistas católicos y hombres de estado, por parte anarquista, mientras que obreros y dirigentes anarquistas lo fueron por parte de la policía y por parte de los llamados Sindicatos Amarillos, organizados para combatirlos. Las actuaciones violentas que más alcance tuvieron fueron las bombas arrojas en el Palais Bourbon y en el Liceo de Barcelona (1893) y los asesinatos de Sadi Carnot, presidente de la república francesa (1894), Cánovas del Castillo, presidente del gobierno español (1897), la emperatriz Isabel de Austria (1898), el rey Humberto de Italia (1900) y las decenas de atentados sobre importantes personalidades políticas de toda Europa que, aunque no lograron los sangrientos objetivos pretendidos, consiguieron desatar un creciente temor generalizado.

No todos los anarquistas apoyaron estas actuaciones y fueron, precisamente, estos elementos contrarios a la práctica terrorista quienes consiguieron sacar al anarquismo del estéril callejón sin salida al que los condenaba la violencia. Desde principios del siglo fue evolucionando tanto la doctrina anarquista como, principalmente, el criterio organizativo del movimiento. El cambio más significativo fue la decisión de apoyar la acción política de otros grupos obreros y centrar la actuación anarquista en el campo estrictamente sindical, lo que dio origen al anarcosindicalismo.

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