POLITICO + PINOCHO = POLITICOCHO ¿UN CUENTO?

pinocho

Hace mucho tiempo, un dictador magnate-mangante llamado Sinrespeto, como se sentía muy solo, cogió de su inmensa fortuna un poco de dinero y creó un muñeco llamado Politicocho.
– ¡Qué bien me ha quedado! –exclamó–. Es una suerte que dependa de mí. Cómo me gustaría que mi Politicocho fuese un engañabobos de verdad.
Tanto lo deseaba que un banquero madrino fue hasta allí y con su pastita mágica dio vida al muñeco.
– ¡Hola, padre! –Saludó Politicocho.
– ¡Eh! ¿Quién habla? –gritó Sinrespeto mirando a todas partes.
–Soy yo, Politicocho ¿Es que ya no me conoces?
– ¡Parece que estoy soñando! ¡Por fin tengo un hijo de…………..!
Sinrespeto pensó que aunque su hijo estaba hecho de una pasta………, menos la cara que era de piedra, tenía que presentarse a las elecciones. Y como tenía muchísimo poder, decidió vender su ética.
Salía Politicocho con las mentiras en la boca para ir al congreso y pensaba:
–Ya sé, engañaré mucho para ganar dinero, y con ese dinero compraré a los sindicatos y currelas.
Sinrespeto, salía en todos los miedos de incomunicación, diciendo:
– ¡Voten, votantes y votantas! ¡Vean nuestro teatro de títeres!
Era un parlamento de muñecos como Politicocho y los votontos se pusieron tan contentos, que votaron compulsivamente. Pronto se dio cuenta que los votontos no tenían dignidad y bailaban movidos por unos pensamientos idiotas que llevaban atados al cerebro.
– ¡Bravo, bravo! –gritaba la gente al ver a Politicocho mentir, enchufar y robar a diario.
– ¿Queréis formar parte de nuestro teatro? –les dijo Sinrespeto al acabar la función.
–Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, contestaron la mayoría.
–Pues entonces, votar y callar será lo que haréis. Bueno, podéis criticar en el bar, por lo bien que habéis votado.
Politicocho siguió muy contento hacia el parlamiento, cuando de pronto:
– ¡Vaya, vaya! ¿Dónde vas tan deprisa, ladroncito? –dijo un empresaurio muy
mentiroso que se encontró en el camino.
–Voy a comprar unos votos con este dinero y estas prebendas.
– ¡Oh, vamos! –Exclamó el sindicalisto que iba con el empresaurio–. Eso es poco
dinero para engañar a los currelas. ¿No te gustaría tener más poder y dinero?
–Sí, pero ¿cómo? –contestó Politicocho.
–Es fácil –dijo el empresaurio–. Si apruebas reformas y recortes para los pringaos, y privatizando todo lo rentable, te dará mucho dinero.
– ¿Y cómo lo hago sin que se quejen y se manifiesten?
–Nosotros te ayudaremos –dijo el sindicalisto.
Así, con mentiras, los bandidos les robaron y engañaron a los pringaos.
Politicocho, tenía un obispopito grillo, que era su insconciencia-sinciencia, y que le decía al oído: no robes, engañes y peques sin arrepentirte después, pero recuerda que no debes devolver nada de lo robado, que dios te perdonará y la mayoría de tus votantes también.
Como no tenían vergüenza, siempre aparecían en los miedos de incomunicación, diciendo sus mentiras.
–Los recortes los hago por el bien de los pringaos –dijo Politicocho mientras le crecía la nariz.
Se dio cuenta de que había mentido y, al ver su nariz y su billetera, le importo un pimiento.
–Esta vez tu nariz volverá a ser como antes, pero te crecerá la billetera si
vuelves a mentir – le dijeron el obispopito grillo y el banquero madrino.
Así, Politicocho fue por las empresas y se encontró con unos precarios que
se manifestaban muy enfadados.
– ¿Qué es lo que pasa? –preguntó.
–Nos vamos al paro  y cada vez nos dan menos  limosna y nos privatizan la educación, la sanidad y los servicios sociales. ¿Nos quieres joder la vida?
– ¡Se que es doloroso, pero necesario! Contestó Politicocho.
– ¿No prometiste acabar con el paro? –preguntaron los manifestantes.
–Sí –mintió Politicocho Y estoy en ello.
Y, de repente, empezaron a crecerle billetes de 500.
Politicocho se dio cuenta de que le habían crecido por mentir, pero no se arrepintió
jamás, porque no podía decir la verdad. Se fue al parlamiento y luego a casa, pero Sinrespeto había ido a buscarle con tan buena suerte que, al meterse en su casa,
se encontró sacos grandes como ballenas, llenos de billetes.
– ¡Repartamos! –exclamó Politicocho.
Se fue a un paraíso fiscal y esperó a que se lo tragaran los votantes.
Allí vio a Sinrespeto, que le abrazó muy fuerte.
–Tendremos que seguir, así que engañaremos a los votantes para que nos sigan apoyando y no abran la boca.
Así lo hicieron y siguieron forrándose muy deprisa. El amo del muñeco no paraba de abrazarle. De repente, apareció el Capital, que convirtió el sueño de Sinrespeto en realidad, ya que tocó a Politicocho y lo convirtió en un mentiroso compulsivo de verdad.
¿FIN?

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