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Y ahora qué hacemos? (Una pregunta desde el sindicalismo). Artículo de Ermengol Gassiot

1401471648600cgt-verticalUn movimiento social es un grupo más o menos extenso de personas organizadas, en redes o de otro modo, que al margen de las estructuras del poder estatal se plantea incidir en cómo debe ser la vida colectiva.

Aspira a crear contrapoderes más que a participar de las instituciones emanadas de los actuales estados. Desde este punto de vista, los sindicatos son un movimiento social y, probablemente, el más antiguo de las sociedades capitalistas contemporáneas. Y su razón de ser radica en el conflicto entre capital y trabajo, en la explotación que sufrimos los trabajadores por parte de quien usurpan una parte de nuestro trabajo bajo la forma de beneficio.

Con el desarrollo de la revolución industrial y las formas de producción en fábricas, el sindicalismo se convirtió en la principal herramienta de los obreros y las obreras para, en primera instancia, defenderse de la avaricia de los patrones y, en una perspectiva más larga, abolir la explotación capitalista y las diferentes formas de opresión asociadas a ella.

La reducción de la jornada laboral, un incremento de los salarios reales, mejoras en la salud laboral, mayor estabilidad en el trabajo, una cierta reducción de la discriminación de género, formas de seguridad social, reconocimiento de vacaciones pagadas y una larga lista de medidas que no sólo se circunscriben al ámbito laboral son algunas de las victorias conseguidas por parte del movimiento obrero en los últimos 200 años.

Es cierto, sin embargo, que de manera global no hemos conseguido destruir el capitalismo y sus instituciones. Por tanto, los conflictos que motivaron la organización del movimiento obrero y del sindicalismo como su principal herramienta de lucha cotidiana son bien vigentes.

El grado nunca visto de distribución desigual de la riqueza mundial (donde 60 personas acaparan el 50% del PIB del planeta) nos lo recuerdan. A nivel más cercano, la precarización de los contratos o la caída libre de los salarios también. Y, además, ponen sobre la mesa el retroceso que estamos sufriendo en este conflicto entre trabajadoras / trabajadores y capitalistas, donde estamos perdiendo posiciones conquistadas hace años. Para algunos estos últimos años evidencian que el sindicalismo, como movimiento social, como forma de organización de los trabajadores como tales, haya perdido efectividad, vigencia y, por tanto, sentido.

Desde la CGT pensamos que esto no es cierto en absoluto. Estamos convencidos de que la organización de los trabajadores / as es necesaria. Que el problema radica en cómo se ha configurado el sindicalismo hegemónico en los estados del bienestar de finales del s. XX, donde los grandes sindicatos han acabado siendo una parte del mismo aparato institucional.

Por el contrario, creemos necesario y urgente reconstruir un sindicalismo en el sentido original del término, es decir, como un movimiento dirigido a la defensa de los intereses sociales y económicos de las personas que formamos parte, la clase trabajadora. De manera muy breve, apuntamos algunas medidas que habría que promover en esta línea.

  1. Al margen de la ley

Actualmente hay una tendencia en la actividad sindical a derivar gran parte de las acciones a actuaciones de ámbito jurídico. Vamos a Inspección de trabajo a denunciar una situación. Presentamos un conflicto colectivo, etc. En la negociación con la patronal, ya sea a nivel de empresa o de sector, generalmente una parte importante de la batalla gira en torno la interpretación y la aplicación de medidas legislativas.

Complementariamente, una parte muy grande de la actividad sindical dentro de las empresas se organiza en espacios reconocidos por la legislación laboral: los comités de empresa, los delegados / as sindicales, las secciones sindicales con unos derechos reconocidos, etc. En definitiva, una actividad amparada por el Estatuto de los trabajadores y la Ley orgánica de la libertad sindical (LOLS), además de convenios de empresa, etc.

No hacer de la ley (ni del ataque a la ley) un fetiche abre las puertas a organizarnos y actuar sindicalmente a partir de nuestros propios intereses y en función de los medios de que disponemos en cada momento. Por un lado, necesitamos recuperar espacios, espacios físicos y espacios sociales. Por ejemplo, en la medida en que otorgamos un papel que no sea central al comité de empresa ya todo lo que cuelga de él, podemos recuperar formas de participación directa de trabajadores / as que no están en el comité y, aún más, de los y las precarias que sufrimos una inestabilidad laboral que nos aleja totalmente de las formas institucionales de representación sindical. Y hace que nuestras acciones y, de manera previa, lo que nos planteamos hacer de cara a resolver una determinada situación no venga acotado por las posibilidades que marca la legislación.

Esto significa prescindir ahora, de repente, los gabinetes jurídicos y de organismos como inspección de trabajo o abandonar los comités de empresa? No. Más bien quiere decir que en el diseño de nuestra lucha, de lo que nos pasa por la cabeza hacer, de la manera que tenemos de organizarnos y de facilitar la participación activa de compañeros, debemos tener presentes otros criterios .

Una de las dimensiones de lo que estamos diciendo, puede ser ésta. Imaginemos un centro de trabajo donde hay un grupo de contratados / as más bien estables para la empresa, con años de presencia en el lugar, otro de gente eventual procedente de ETT, más jóvenes y mucho más volátiles en el lugar, algunos becarios y también personas externas (limpieza, cantina / bar, mantenimiento) vinculadas a terceras empresas. Todas contribuyen a hacer funcionar ese centro productivo (de objetos o de servicios, no importa qué), pero el reconocimiento legal de la relación laboral es muy diferente. Sólo uno de los colectivos es directamente trabajador de la empresa principal y, además, uno de los colectivos es tanto temporal que difícilmente tiene cabida en los mecanismos de “delegación” sindical. A otros ni se les reconoce su relación con la empresa como laboral. Hacer sindicalismo real en un contexto como éste probablemente requiera que, por nuestra parte, seamos capaces de prescindir de este encasillamiento legal y plantearnos si la sección sindical debe ser para cada empresa o por la totalidad del centro, por ejemplo. O si las luchas debemos separar por la realidad del NIF de quien contrate en cada caso y por el convenio al que se vincula nuestro contrato o, por el contrario, por las condiciones la actividad del centro (y que son independientes de quien paga a cada trabajador / a en concreto).

  1. La acción directa.

El anarcosindicalismo, la tradición sindical hegemónica en el movimiento obrero catalán del primer tercio del s. XX, hacía de la acción directa uno de sus rasgos distintivos. Actualmente es una palabra que en muchos lugares hace respecto ya menudo se ha desacreditado. La acción directa no implica necesariamente violencia como a menudo nos imaginamos, aunque tampoco lo excluye. La acción directa básicamente consiste en llevar a cabo una actuación donde, quien la hace, por ejemplo un movimiento social, ha definido por él mismo los objetivos, la metodología (o sea, cómo será la acción) y aporta los medios para hacerla posibleEs una actuación sin mediación, como puede ser la de un inspector, un juez o un árbitro en un conflicto laboral.

Por su naturaleza, cuando los movimientos sociales hacemos acción directa, lo hacemos al margen de la ley. Esto no significa necesariamente que hacemos cosas ilegales, simplemente que no seguimos los procedimientos que la ley nos marca. El activismo de la PAH es un ejemplo reciente, así como crear un centro social okupado o, ya que estamos en Tarragona, la cerrada por la unidad de hemodinámica de hace un año.

Aunque ahora en el sindicalismo practicamos con cierta frecuencia la acción directa. Ahora bien, también es cierto que con la creciente regulación de la actividad sindical y con la institucionalización del sindicalismo hegemónico esta práctica ha bajado en intensidad y frecuencia, de tal manera que ahora no es demasiado cotidiana ninguna parte.

Una primera manera de recuperar la acción directa es tener presente que el grueso de la acción sindical y social debemos definir a partir de nosotros mismos. Por ejemplo, debemos evitar confiar en que la resolución de los conflictos (un despido o una modificación de las condiciones de trabajo) sea por la vía judicial, aunque la podamos utilizar como soporte. Por el contrario, debemos pensar un sindicalismo que intente construir los medios para forzar, por sí mismo, la solución a los conflictos. El caso paradigmático es la huelga en el movimiento obrero. Pero hay muchos otros.

Más allá de un replanteamiento de los métodos concretos y los tipos de acción directa, que no trataremos aquí, es importante constatar que al actuar fuera de los parámetros de la normativa abre la posibilidad de hacer un sindicalismo útil para los y las precarias. Últimamente, la asimilación de la clase trabajadora y sus organizaciones a las leyes laborales ha hecho surgir una especie de creencia de que los y las precarias no formamos parte. 

Se argumenta que o no tenemos contrato o no lo tenemos de manera duradera, que nuestra relación con el empresario es muy informal y episódica, que no estamos cubiertos por las medidas cobertores que (todavía) ofrecen los estados, etc. Prescindir del marco legal y hacer de la acción directa el centro de nuestra práctica sindical vuelve a situar la identidad de clase en lo que hacemos, en el trabajo, sea estable o precario. Haciéndolo pasamos por encima de su reconocimiento jurídico en forma de contrato de trabajo y también del reconocimiento jurídico de las relaciones laborales. Esto es especialmente importante cuando, como hemos visto y sufrido sobradamente, no en que nosotros tenemos la capacidad de imponer este reconocimiento jurídico a la otra parte en conflicto, el capital. Más bien es a la inversa: los estados ahora aún más arrodillan ante los requerimientos del poder económico capitalista.

En síntesis, una actividad que prescinda de marcos legales y que sitúe la acción directa en el centro es imprescindible para volver a abrir el sindicato al conjunto de los trabajadores / as, independientemente de cuál sea su reconocimiento legal (con o sin contrato, ciudadanos o no ciudadanos, etc.). Y al mismo tiempo nos da a nosotros la capacidad de hacer política con nuestros propios medios, rehuyendo la delegación en terceros.

  1. Salir del centro de trabajo.

La huelga es una de las herramientas del sindicalismo. Entendida como acción directa, busca sabotear la producción capitalista para imponer al empresario la necesidad de aceptar o, al menos negociar, una serie de propuestas nuestras. Y, por tanto, la efectividad de las huelgas a corto plazo se mide por el daño que le infringen al empresario en alterar su máquina de obtener beneficio. [Breve inciso: por tanto, no es tan relevante la batalla de cifras en torno al seguimiento, sino su impacto en la producción]. Habrá, pues, replantear cómo hacemos las huelgas. Pero también hay que repensar cómo llevamos a cabo las huelgas en aquellos centros que producen servicios públicos: hospitales, escuelas, etc. En las últimas décadas la importancia económica del sector servicios ha crecido mucho. Desde los grandes medios de comunicación y desde el estado se ha fomentado una visión de estas huelgas como un conflicto en contra de las y los usuarios, lo que a la larga erosiona nuestra capacidad de presión. Por otra parte, en situaciones de precariedad laboral extrema muchos trabajadores / se ven con desconfianza las huelgas tradicionales, en gran medida por las razones apuntadas más arriba.

La pérdida de efectividad de las huelgas y otras formas de lucha obrera responde a múltiples factores. Uno es la regulación del derecho a huelga, que la domestica de manera muy acusada. Otro es la “parlamentarización” de la huelga: como si una huelga persigue una manifestación numérica (% de seguimiento asimilado a número de votos en unas elecciones) que capitalice una delegación para ir a negociar. Un tercero es el cierre de la huelga o de la protesta en el centro de trabajo, respondiendo un poco a la idea de que es quien tiene el problema que ha de resolverlo, en este caso tal o cual empresa. Esta última afirmación es cierta sólo en parte.

En un conflicto en una empresa es necesario que haya trabajadores / as activas en la lucha. Pero es importante también abrir el conflicto a la participación de trabajadores / as de otros lugares. Hacerlo implica recuperar el apoyo mutuo, la solidaridad, la unión entre trabajadores / as por encima del corporativismo del centro de trabajo y del sector; todo ello valores tradicionales del sindicalismo. Para ello es imprescindible la organización sindical. De hecho, organizar este apoyo mutuo debería ser una función central de los sindicatos.

No obstante, debemos reconocer que la centralidad que los sindicatos ocupaban en las organizaciones populares de principios de s. XX ahora ya no existe. Que hay muchos otros movimientos sociales emancipadores, algunos de los cuales tienen un mayor arraigo territorial o en determinados sectores sociales, como grupos de jóvenes, precarias, migrantes, etc. Por otra parte, en relación a los servicios públicos hay colectivos sociales de usuarias y usuarios de estos organizados.

Se tratan a menudo de organizaciones populares que luchan a menudo contra la mercanitilització y el lucro privado en aspectos tan relevantes de nuestra vida como son la salud y la educación. Actualmente es necesaria la confluencia con todos estos movimientos sociales para poder socializar conflictos laborales y articular una participación solidaria en ellos.

Definir los marcos para poder hacerlo de manera estable y ágil debería ser una tarea central en la actividad sindical y, a medio o largo plazo, puede conllevar una cierta reorganización interna del mismo sindicato. En todo caso, la efectividad de este tipo de socialización de conflictos concretos nos lo evidencian casos recientes, como el de la huelga de técnicos de Movistar o la lucha por la unidad de hemodinámica en el Hospital Joan XXIII. En las dos campañas, de hecho, se terminaron combinando los tres aspectos que hemos mencionado en este artículo.

* * *  Para concluir estas tres pinceladas breves y esquemáticas, simplemente decir que este es un debate presente en los últimos años en organizaciones sindicales alternativas. La nuestra, la CGT, la ha llevado a la orden del día de sus últimos congresos. Y poco a poco, tanto a nivel organizativo como de acciones y campañas, está comportando cambios en el sindicato. La profundidad de estos cambios, sin embargo, dependerá también de la capacidad de sectores que ahora tienen poca presencia en la militancia sindical (como muchas precarias y precarios y las / os migrantes) de participar, ya sea desde dentro o desde fuera de la organización. Y, evidentemente, de la del propio sindicato de estar a la altura de los retos que tenemos por delante.

Ermengol Gassiot es Secretario General de CGT Cataluña. Artículo publicado en el número 22 de la revista Espinilla con caragolins de Tarragona.

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