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Discurso fúnebre lleno de cariño, para David Graeber

David Graeber nos ha dejado. Lo conocí por casualidad en una conferencia que dio en Cádiz… En 2007. Yo estaba en esa ciudad por otro motivo, un italiano había sido encarcelado en el Penal del Puerto por protestar por la muerte de su perro en un «refugio» municipal, y me había acercado a echar una mano… Y como me sobraba algo de tiempo, me pasé por la Universidad. Sabía que Graeber era un antropólogo en Yale, y que había sido puesto de patitas en la calle, (2005) supuestamente por su actitud radical. El antropólogo participó en la contracumbre de Seattle (1999), en el movimiento de Occupy Wall Street (2011) y en otras movidas similares. En fin, que allí estábamos un grupo de estudiantes y yo escuchando a David.

Lo primero que me llamó la atención del compañero, era su facha desenfadada, con unos pelos que parecía que no habían conocido un peine. Me pareció un tipo simpático, un buenazo, muy poco académico. La conferencia, se daba en inglés, pero para ayudar a la comprensión de quienes no hablamos en bárbaro, había una traductora, una italiana, a la que yo le entendía aún menos que a Graeber. Menos mal que en un momento de angustia de la chica, atorada en alguna expresión gringa, uno de los organizadores, Beltrán Roca, tomó el relevo y se puso a traducir, y así pude comprender de sus explicaciones en torno al movimiento sindical norteamericano (los woblies), a los movimientos de protesta, a lo que pasó en el Zuccotti Park de Lower Manhattan… Y me gustó mucho lo que dijo, porque me identifiqué con muchas de las cosas que explicó en torno al sindicalismo y al anarquismo.

Graeber habló de cómo el anarquismo ocupaba en la actualidad el corazón de la izquierda de los EEUU, a través de movimientos sociales muy amplios. Son movimientos totalmente descentralizados (derechos civiles, feminista, antinuclear, pacifista, antifascista) que emplean la acción directa. La democracia que emplean esos movimientos –dijo Graeber– la han aprendido de los cuáqueros y de nativos americanos, que enseñan a tomar decisiones por consenso en las que participan miles de personas. Me dejó impresionado, porque para mí este avance es importantísimo… Ya que me parece que por estos lares, la gente está bastante desacostumbrada a tomar decisiones colectivas, y las asambleas muchas veces no son más que monólogos en los que cada cual se escucha a sí mismo cuando le toca, o en mi caso, me dedico a divagar sobre las señoras de los alrededores en tanto el orador de turno expone su plan maestro para destruir el Capital en veinte minutos.

Otra idea que me aportó,y que me sorprendió, fue la explicación en positivo que dio de lo que son los llamados «black blocs». A ver si me explico… A mí siempre me ha resultado simpática esa chavalería y esos puretas, hombres y mujeres, que se visten de negro, se echan una capucha sobre el rostro, y se enfrentan a dios y al diablo. Normalmente desde otras actitudes organizativas, más institucionalizadas y entramadas en lo formal, se les acusa de ser violentos, de romper, destrozar, y finalmente destruir los movimientos pacíficos de protesta, al justificar la represión. No he dejado de pensar en estos años, que esos del Black Bloc son los únicos que me han dado alguna alegría en medio de tanto conformismo. ¿O no es verdad que si por organizaciones pacíficas fuera, el Paraíso tendría que haber llegado ya a la tierra?

Graeber me lo explicó: ellos no son una organización, si no una actitud. Para Graeber, que había participado en varios Black Blocs, los del Black son personas que participan en una táctica: son los militantes, decididos, dispuestos, preparados para responder a la policía y defender el terreno si es necesario. Se tapan la cara para proteger el anonimato y evitar la represión. Con la ventaja añadida, de que si yo soy una persona que no quiere jaleos y ve a veinte tipos vestidos de negro, ya sé que he de ubicarme pero que bien lejos de ellos para evitar ahogarme en gases, mientras huyo enloquecido, choco con una farola, tropiezo en un boliardo, reboto contra un buzón de correos, y termino cayendo en una alcantarilla, ciego de pavor pero muy digno, en medio de la carga de caballería.

Después de esa conferencia, no coincidí con él más. Me he limitado a seguir su obra antropológica, muy amplia, que siempre me ha puesto muy contento. Especialmente quiero mencionar Fragments of an anarchist anthropology, que puso nombre a lo que toda una generación nueva de antropólogos activistas sentía, antropólogos que estaban hartos de la demovilización posmoderna. Y Graeber resucitó los grandes relatos, el deseo de emancipación, en el seno de la Teoría Social. Porque Graeber fue y es, el mejor antropólogo social de hoy día. En su estilo de argumentación utilizaba muchos ejemplos de trabajos etnográficos de lugares y pueblos muy diversos, para ilustrar sus ideas. Leía mucho, precisamente porque no perdía el tiempo elaborando proyectos tipo «Horizon 2020» ni redactando papers al peso para encajarlos en revistas de impacto. Era un antropólogo de verdad, de los que las sucias reglas académicas hoy no permiten ser. Y estaba en la cima de la antropología sin haber dirigido un solo proyecto. O precisamente gracias a eso.

Y otra obra que quiero mencionar es Trabajos de Mierda. Una teoría. Barcelona: Ariel, 2018. En el libro Graeber te propone una pregunta inquietante: ¿No te resulta penoso, levantarte temprano cinco o seis días a la semana, para realizar un trabajo que piensas que no es necesario y que carece de sentido? Graeber pasa revista a cómo la utopía capitalista, que prometió en el siglo XX que en el XXI todos seríamos ricos, en lugar de disminuir la jornada laboral y elevar los sueldos, lo que ha hecho ha sido crear una cantidad infinita de trabajos de mierda: publicidad, consultores, relaciones públicas, inversores, jefes de protocolo, abogados corporativos, expertos, asesores de imagen, miembros de comités que discuten la existencia de comités, burócratas de todo tipo al servicio de estados, corporaciones, iglesias y organizaciones… Sin contar a los inevitables secretarios, responsables, subsecretarios de secretarios, militares, policías, sacerdotes… Que garantizan el Jodido Bien Común. Millones y millones de personas que pasan la vida afanándose no se sabe en qué, y que juran que sus trabajos de mierda les gustan, aunque en el fuero interno les carcome el gusano de la ansiedad. Y lo triste del asunto, es que estamos en manos de esos amargados y locos de remate.

En fin, concluyo sin mencionar otras facetas que son dignas de destacar, y que otras personas sacarán a la luz mejor que yo: David Graeber se ha ido. Demasiado pronto. Demasiado lejos. Ay. El antropólogo despeinado, con pinta de osito, al que daban ganas de abrazar, ha cogido pista dejándonos una obra amplia, interesante, tremenda en su utilidad, y un mensaje claro: ¡Anarquistas! si en unos años no hacemos un mundo mejor, podemos tener la seguridad de que será peor.

David Graeber, antropólogo, activista, anarquista, persona. Nueva York, 12 de febrero de 1961 – Venecia, 2 de septiembre de 2020: somos el 99%.

Acratosaurio rex

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