Inicio Opinion El “nido del avispón” y los carroñeros (Por Rafael Cid)

El “nido del avispón” y los carroñeros (Por Rafael Cid)

por Colaboraciones

Una cosa es que las víctimas civiles del terrorismo merezcan que su dignidad sea respetada en su humana integridad sin reservas mentales ni hirientes contextualizaciones, y otra muy distinta que el terrorismo no tenga una trastienda que remite a los criminales juegos de poder de las potencias capitalistas hegemónicas.

Lo que algunos de sus criminales promotores llamaron el “nido del avispón”. En ese sentido, pues, tienen toda la razón Julián Assange y la CUP al denuncian la responsabilidad de esos gobiernos. El yidahismo es una criatura de la guerra fría financiada por los regímenes wahabistas y fundamentalistas. Sin el apoyo, protección y financiación de los de Estados Unidos, Israel, Reino Unidos, Arabia Saudí, Qatar e Irán su reinado habría sido efímero.

En el ranking de esas responsabilidades de la órbita occidental, el reino de España tiene un protagonismo especial, que va más allá de su dimensión geopolítica, habida cuenta de las tradicionales buenas relaciones de la monarquía borbónica con los sátrapas del Golfo. Está históricamente documentado que el hoy monarca emérito Juan Carlos I mandó cartas pidiendo ayuda económica para “fortalecimiento de la monarquía española” al entonces Sha de Persia y al viejo rey Saud de Arabia Saudí.

Las misivas con el encabezamiento “mi querido hermano”, remitidas en mano a sus destinatarios a través de personas de absoluta confianza del monarca, concretaban la solicitud en sendas aportaciones de diez millones de dólares de la época para la causa juancarlista. Otros testimonios igualmente solventes recuerdan que ya en 1977 el príncipe saudí Fahd concedió un préstamo de 100 millones de dólares al sucesor de Franco en la jefatura del Estado cuya devolución aún no está acreditada. Lo que no impidió que más tarde “su hermano” le regalara el yate Fortuna para uso y disfrute de Zarzuela.

El fundador de wikileaks concreta la financiación del ISIS (Estado islámico) en Arabia Saudí y Qatar, dos iconos del rigorismo islamista en el Golfo actualmente a la greña por su distinto posicionamiento en el conflicto sirio. Y en realidad se queda corto, según Edward Snowden. Porque el ex analista de la Agencia Nacional de Seguridad norteamericana (NSA) aseguró en 2014 que fueron Estados Unidos, Reino Unido e Israel quienes lo patrocinaron. Incluso llegó a afirmar que el mismo líder del ISIS, el califa Abu Barkr al Baghadadi, había sido reclutado por los servicios secretos del Estado judío. No sería la primera vez en que se apunta la mano negra del Mossad tras la emergencia de grupos armados de esa naturaleza. Parecida sospecha fue establecida en el pasado sobre Hamás (Fervor), Movimiento de Resistencia Islamista que busca la fundación de un Estado islámico en el territorio histórico de Palestina.

Entre sospechas que nunca han podido ser verificadas y flagrantes claroscuros, la evidencia más acreditaba es que, todo ese funesto magma de acción-reacción que identifica al llamado islamismo radical, tiene su antecedente remoto en la intervención norteamericana en Afganistán en los setenta del siglo pasado para desestabilizar al gobierno de aquel país y a su aliado la URSS. Exactamente en el 3 de julio de 1979, la fecha en que Jimmy Carter firmó un decreto presidencia secreto para financiar a las guerrillas fundamentalistas.

Lo estrategia conocida como “el nido del avispón” buscaba crear una base de hostigamiento bélico permanente que debilitara tanto al gobierno de la República Democrática de Afganistán (RDA) como al ejército soviético que luchaba a su lado. “Es hora de echar mierda a su jardín”, dijo el consejero de Seguridad de EEUU, Zbigniev Brzezinski, en alusión a que a la Casa Blanca se le presentaba la ocasión de pagar al Kremlin con la misma moneda que ellos habían recibido en la guerra de Vietnam. Cuando el firme apoyo dado por Moscú a los norvietnamitas determinó que los estadounidenses perdieran humillantemente la guerra en el sudeste asiático.

La estrategia del “nido del avispón” culminó con la retirada de las tropas soviéticas en 1989, en vísperas del derrumbe del Muro de Berlín, y la caída del gobierno de la RDA. En su lugar ocuparon el poder los talibanes, imponiendo la Sharía (el derecho islámico) donde hasta entonces existía un sistema político que había eliminado la usura, combatido el analfabetismo, legalizado los sindicatos, favorecido la integración de la mujer en el trabajo y aprobado la igualdad jurídica de hombres y mujeres, entre otros avances cívico-sociales que sonaban a anatema en el mundo del integrismo musulmán.

De ese avispero inquisitorial saldrían después los grupos yihadistas (Al Qaeda, ISIS, etc) y nuevos Saladinos (Osama Bin Laden, Baghadadi) que estarían detrás de los atentos del 11-S, 11-M, y otros muchos cometidos tanto en Occidente como en los países árabes no adscritos. Era su cruzada global contra los infieles. Un campo de batalla que se recrudecido tras la intervención extranjera en Irak en 2003 y en la guerra civil siria en 2011.

Más allá de los actos de terrorismo en sí, que se dirigen mayoritariamente contra la población civil por parte de uno y otro bando, los atentados en Eurasia (Rusia también los ha sufrido) y Estados Unidos están poniendo en cuestión las pautas de convivencia democrática que hasta fechas recientes habían prevalecido. Las masacres han servido para impulsar una xenofobia ya latente debido a los efectos de la crisis económica y de paso para que sus gobiernos respectivos basculen en propuestas políticas panópticas para satisfacer las histéricas demandas de seguridad de una población que se siente cada vez desprotegida. La consecuencia en un claro repliegue en derechos y libertades democráticas, el inicio de un númerus clausus para emigrantes y refugiados, y, sobre todo, el destello de mecanismos de gobierno carroñeros que se acercan cada vez más al diseño de un Estado policial con el amén de amplias mayorías sociales.

Todo ello teniendo en cuenta la contradicción que envuelven a las clases dirigentes de estos países, que tanto a nivel de Administración como en el plano de las corporaciones privadas mantienen múltiples lazos de colaboración con la mayoría de las estructuras políticas que financian la incursión del wahabismo en el planeta. Como muestra un botón. Solo en España, al margen de las procelosas relaciones que la actual monarquía (en línea con lo que fue costumbre en Franco) mantiene con sus homólogos del Golfo, podría decirse que no hay multinacional que no tenga una parte de su cartera de negocios en esos territorios. Desde constructoras como ACS y OHL con el tren de alta velocidad a la Meca, hasta empresas de comunicación como Prisa o grandes almacenes como El Corte Inglés, estas dos últimas con inversionistas cataríes en el núcleo decisorio de su accionariado (¡Ay aquel reportaje a toda pastilla de El País Semanal contando las maravillas de Qatar a todo color!). Intrusión que además intoxica la cultura popular desde el momento que clubes de fútbol mundialmente reconocidos admiten como promotores a esos reinos de las Mil y Un Derroches (Qatar hasta ayer ondeando en la camiseta del Barcelona y Emiratos Árabes en la del Real Madrid de Florentino Pérez).

Por lo demás, y esto último tiene un carácter de emergencia, la propia izquierda alternativa no está libre de ese contagio. No solo porque al llegar al poder se ve en la difícil tesitura de abrirse a demandas que colisionan con su código ético, sino porque generalmente pesa más en sus decisión final la obediencia institucional debida que su propios principios. Es el caso de lo ocurrido con el visto bueno dado por el alcalde de Cádiz, el líder anticapitalista de Podemos José María González Álvarez “Kichi”, a la construcción en los astilleros de Navantia de cinco corbetas para Arabia Saudí. Por aquellos de la necesaria carga de trabajo para una zona geográfica que ostenta uno de los mayores índices de paro de la Unión Europea.

Un armamento que seguramente será usado por esa petromonarquía en la guerra desatada en su vecino Yemen. Por no hablar de la presencia en la dirección del partido morado del ex JEMAD Julio Rodríguez ,que dirigió el ataque aéreo de la OTAN contra la Libia de Muamar el Gadafi y ahora se proclama “pacifista y antimilitarista”. O de la propia insana concurrencia de Pablo Iglesias a través de la emisora iraní Hispan TV, que sostiene su programa Fort Apache, un régimen el de los ayatolas que ha llegado a colgar de las farolas a los homosexuales para escarmiento público. La última ejecución denunciada por Amnistía Internacional fue el pasado agosto y la víctima un joven gay de 18 años.

Quizás sean momentos para recordar aquella modesta propuesta de Albert Camus: “Cada generación, sin duda, se cree consagrada a rehacer el mundo. La mía sabe sin embargo que no lo rehará. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”

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