Amador Fernández-Savater: “Con el asalto institucional, se perdió la forma de hacer y pensar la política del 15M”

Por Nazaret Castro 

Amador Fernández-Savater (Madrid, 1974) es editor, escritor, activista y, ante todo, pensador crítico. Sus dos últimos ensayos, La fuerza de los débiles (Akal, 2021) y Habitar y gobernar. Inspiraciones para una nueva concepción política (Ned, 2020) se constituyen como artefactos para pensar, como antídotos contra la pereza intelectual y también contra la desesperanza.

La fuerza de los débiles aparece en el décimo aniversario del 15M —el movimiento que revolucionó las plazas y la vida política en el Estado español— como un intento de hacer balance de la potencia de aquel movimiento anómalo y acéfalo, y de reconstruir lo que ocurrió para que esa potencia se desactivase. Es también una continuación de las reflexiones que, en Habitar y gobernar, nos invitan a cuestionarnos nuestra concepción de la política. Conversamos con Amador por vía telefónica, para tratar de entender qué nos tiene todavía que enseñar la indignación que estalló en las plazas el 15 de mayo de 2011.

¿Por qué consideró necesario hacer este ejercicio de balance del 15M?

Viví muy intensamente el 15M, como uno más, porque allí todos éramos “uno más”, y todo lo que allí viví me afectó mucho: se trataba de la posibilidad de inventar otra forma de pensar la política y por tanto la vida, otro lenguaje, otra relación con el espacio, con el tiempo, con el otro. Fue una experiencia importante para mí, muy alegre, el encuentro con nuevos amigos, el redescubrimiento de la ciudad, la conexión global, la sensación continua de lo imposible sucediendo, el milagro una y otra vez, nuevas ideas y nuevas acciones se inventaban sin parar; fue un periodo eléctrico. Y también fue traumático asistir a la transformación de eso tan anómalo que era el 15M en el “asalto institucional” vehiculado a través de [la formación política] Podemos.

Y no se trata de que Podemos cooptara el movimiento, como tampoco fue reprimido; sino que fue la propia gente que había participado la que comenzó a demandar una transformación de las formas de pensar la política. Eso fue doloroso, y no es extraño que hayan sido necesarios diez años para pensar en aquello; ahora, la ocasión del aniversario me permitía volver sobre ello y compartir una reflexión.

Lo que trato de pensar en el texto, sin culpar a ninguna persona ni organización en concreto, tiene que ver con la persistencia de un cierto imaginario de lo político que llevó a considerar que lo que estábamos haciendo en las plazas y en los barrios no tenía ninguna eficacia, y que para conseguir esa eficacia había que organizarse de acuerdo con un modelo más convencional y jerárquico, como es un partido político. Propongo repensar qué entendemos por eficacia, cuál era la fuerza del 15M, y por qué no se vio ni valoró lo suficiente. Dice [el filósofo francés] Alain Badiou que si pensamos un fracaso ya no es tan fracaso, en tanto que incorporamos un aprendizaje. No es que eso nos garantice que vayamos a acertar la próxima vez, pero sí, como decía Samuel Becket, que nos equivoquemos distinto.

En La fuerza de los débiles explica que el 15M se vio como “prepolítica”, como algo anterior a la política, y plantea que hubo ahí un problema de traducción. ¿Por qué?

Es evidente que el 15M necesitaba una transformación de la energía. Comenzó en las plazas pero las desbordó, y entonces pasó a los barrios, a las ’mareas’ [’marea verde’ por la educación pública, ’marea blanca’ por la sanidad pública], o a la PAH [Plataforma de Afectados por la Hipoteca], que ya existía previamente, pero la energía del 15M la atraviesa y la expande.

Hay ahí sucesivas transformaciones de la energía que conservan una cierta manera de hacer y pensar lo político: hay una traducción, porque el 15M no podía quedar fijado a aquella primera experiencia de las plazas, pero era una traducción que mantenía el ritmo y la intensidad. Sin embargo, en 2013, cuando en determinado momento se plantea la necesidad del “asalto institucional”, del paso a la política más convencional, yo detecto un problema de traducción: permanecían unos ciertos contenidos, unos conceptos, pero se perdía esa forma de hacer y pensar la política que era típica del 15M. Y eso, porque en ese ejercicio de traducción se estaba desvalorizando el 15M al considerarlo “prepolítico”: una cuestión afectiva, de pura indignación, que no producía efectos de transformación social, pero que servía como caldo de cultivo para ser superado por una fuerza propiamente política, que fue Podemos. Creo que aquí hay un problema de imaginarios: sólo vemos política y eficacia donde hay un formato tradicional, con un líder que disputa el poder. Se infravaloró el 15M y se convirtió en otra cosa, muy distinta, si no contraria a lo que era; y fue entonces que perdió su fuerza, perdió la energía que le era propia.

Entiende el 15M como un acontecimiento político que nos permite hacer un ejercicio más amplio de memoria, volver del presente al pasado, para entender las conexiones entre la dictadura franquista y lo que califica de “democracia disuadida”. ¿Por qué?

Propongo la imagen del “laberinto español” para pensar cómo existen continuidades entre dictadura y democracia. Creo que existen acontecimientos, como el 15M, que nos permiten recuperar una relación más viva con el pasado, y entender esa tendencia que tenemos a rehuir el conflicto permanentemente, porque sería de algún modo como volver a esa guerra civil que supuestamente se supera con la transición. Pareciera que el conflicto nos devuelve al caos, a la guerra; y eso nos impide comprender el conflicto como potencia democrática. Y el estallido del 15M, su demanda radical de democracia, permite cuestionarnos de dónde viene esta democracia restringida, limitada, disuadida, que impone límites incuestionables porque, si tratamos de ir más allá de esos límites, puede volver la guerra, el caos. El 15M es un mirador para entender el pasaje de la dictadura a la democracia que fue la transición, y para entender que cada vez que se produce un desahucio, hay algo del pasado dictatorial que se actualiza, ciertos privilegios económicos que tuvieron continuidad.

¿Qué consecuencias políticas tiene, para pensar el 15M y el momento político actual, la ausencia de un ejercicio colectivo de memoria respecto de la guerra civil y la dictadura?

En el libro Desenterrar las palabras (Icaria, 2014), Clara Valverde explica cómo cuando no se elabora la memoria, el resultado no es el olvido, sino que la herida pasa al inconsciente; es lo que el psicoanálisis llama represión, meter algo bajo la alfombra. Cuando los padres no hablan a sus hijos de lo que les sucedió a sus abuelos, los hijos reciben una marca en el cuerpo: las marcas del miedo y de la rabia y el resentimiento, que son dos tonalidades afectivas muy fuertes en España. Y como es inconsciente, tiene más fuerza, porque no puedes intervenirlo, sino que eso te gobierna. Platón decía que conocer es recordar, pero le daba un sentido racional. Sin embargo, recordar significa volver a pasar por el corazón, despertar el afecto de aquello que fue. Conocer el 15M es despertar el afecto que hubo. Conocer lo que pasó hace un siglo es también permitir que nos afecte. El conocimiento está ligado al afecto y al cuerpo, y no a la desafectación.

Lo que plantea aquí, y trata en sus ensayos, es una cuestión muy de fondo que tiene que ver con la raíz de la civilización occidental: la separación entre mente y cuerpo.

En la tradición occidental, hay una profunda escisión entre pensar, hacer y sentir. Es la idea de que en el afecto no hay ningún pensamiento, que es una pulsión desordenada. Para Platón, para pensar hay que arrancarse los ojos, pues lo sensible, el cuerpo, sólo puede introducir un error; pensar es abstraer.

Pero el 15M, en su ser movilizado por los afectos, contenía un pensamiento, era una forma de pensar lo político, de valorar, de activar los saberes sedimentados en los cuerpos. Implica otro paradigma: que se puede pensar a partir de la materia, el cuerpo, el afecto; y, en lugar de abstraer, partir de lo que hay. Es lo que llamo ‘habitar’.

El paradigma del gobernar es la eficacia de los fuertes, es la cosificación del mundo para gobernarlo; y desde luego es eficaz respecto a un aspecto concreto, pero desestima todo lo demás, como muchas veces hace la medicina convencional. Pero existe otro paradigma que es el del habitar, y de lo que llamo la fuerza de los débiles: aquí se pelea desde el cuidado de lo que hay, desde el saber del cuerpo, como hacen los feminismos. Y esa fuerza de los débiles tiene también su eficacia; pero la perdemos si caemos en la inercia de la “guerra espejo”, es decir, si pretendemos ganar en el tablero del juego que proponen los fuertes, como sucedió con la traducción de la fuerza desplegada en las plazas al asalto institucional.

En el contexto actual, ¿ve la posibilidad de que se produzca un estallido similar al que supuso el 15M?

En medio de la pandemia, veo una especie de contradicción. Por una parte, todo está más claro que nunca: el virus demuestra que estamos conectados y nadie se salva solo; también se evidencia el vínculo con prácticas agroindustriales agresivas y cómo la pérdida de biodiversidad tiene efectos sobre nosotros, porque somos interdependientes. Se pone de manifiesto quién y qué sostiene la vida, cuando distinguimos entre trabajos y actividades que son esenciales y otros que no. Se hacen más visibles, también, las desigualdades, pues es evidente que no todo el mundo puede meterse en casa y protegerse, y que la crisis es para las personas, pero para los laboratorios farmacéuticos la vacuna es un inmenso negocio. Vivimos una situación catastrófica en la que las desigualdades se agravan, las medidas de control se acentúan y el fascismo busca sus chivos expiatorios. Pero al mismo tiempo, ahora que todo está más claro, nada pasa.

Al menos, nada pasa por ahora. No hay nada parecido a un 15M de la pandemia, que nos permita pensar de otro modo, organizar de otra forma la ayuda mutua, generar espacios de pensamiento autónomo que nos permitan despegarnos del tablero y construir autonomía. Una catástrofe es siempre una revelación; ese es el significado etimológico de apocalipsis. Pero hoy parece que vivimos una catástrofe sin política, aunque hay experiencias micro sucediendo. Tal vez sea pronto: el 15M aparece en 2011, cuando la crisis estalló en 2008. Pero este momento nos permite preguntarnos qué pasa cuando hay una catástrofe y no hay política; y lo que pasa es que todo lo peor se recrudece: suben los fascismos, aumentan las desigualdades, la represión, la obediencia, el sálvese quien pueda.

Habla de la importancia de pensar la política desde los afectos y la vincularidad; desde lo que a veces se nombra como “poner el cuerpo”, en el sentido de tomar riesgos, de vincularnos y dejarnos afectar. Pero, en tiempos pandémicos, es difícil incluso reunirnos. ¿Cómo pensar la acción política ahora?

Lo que echo de menos es la capacidad imaginativa para pensar formas de estar juntos cuando no podemos estar juntos como antes. ¿Qué sería quererse, cuidarse, acompañarnos, ahora que eso requeriría un cambio de formas y de sentidos? Cuando yo hablo de poner el cuerpo, de dejarse afectar, no pienso el cuerpo sólo desde lo físico: un libro puede activar un afecto, como también lo pueden hacer las redes sociales. A través de plataformas digitales, quienes se hacen eco del #metoo o, en España, del #cuéntalo, están poniendo el cuerpo, están tomando un riesgo. Tal vez falta experimentación en este campo. O tal vez es pronto todavía. Pero sí creo que debemos seguir pensando desde esto que nos está pasando, desde esta sensación de descoloque, y no hacer como si nada estuviera pasando, sino pensar qué significa esto de que “estamos raros”, de que “esto es raro”.

https://www.equaltimes.org/amador-fernandez-savater-con-el?lang=es#.YKaE6bczbIV

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