Diez años del 15M: seguimos indignadas (Por Lucía Álvarez)

El 15M mereció la pena y conviene repetirlo y radicalizarlo. Sirvió para agitar conciencias, fue un chute de autoestima colectiva, contribuyó a visibilizar a mucha gente que creía que no era nadie y proporcionó esperanza en un mundo en el que el dinero y las mercancías tienen primacía sobre las personas.

En la introducción a Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social, de Simone Weil, podemos leer: “El período presente es de esos en los que todo lo que parece suponer una razón para vivir se evapora y, si no queremos caer en el desasosiego o inconsciencia, debemos cuestionarlo todo (…) Podemos preguntarnos si existe un solo ámbito de la vida pública o privada en el que las fuentes mismas de la actividad y la esperanza no estén envenenadas por las condiciones en que vivimos (…) La vida familiar es pura ansiedad desde que se les ha cerrado la sociedad a los jóvenes. Y esa generación para la cual la febril espera del futuro es la vida entera, vegeta, en el mundo entero, con la conciencia de que no tiene ningún futuro, de que no hay lugar para ella en nuestro universo. Por lo demás, si bien es más agudo en el caso de los jóvenes, este mal es común a toda la humanidad de hoy. Vivimos una época privada de futuro. La espera de lo que venga ya no es esperanza sino angustia”.

La filósofa libertaria escribió estas líneas en los años treinta del siglo pasado, en un contexto muy diferente al nuestro, pero sus palabras nos interpelan como si fueran escritas ahora mismo. No nos es ajena la angustia y la carencia de futuro a las que se refiere. Especialmente para la gente más joven. Teniendo en cuenta los precios desorbitados de las tasas universitarias y los alquileres, el desempleo y la precariedad de condiciones y salarios, difícilmente se puede llevar a cabo ningún proyecto de vida libremente elegido. Hace diez años, miles de jóvenes inundamos las plazas de diversas ciudades para ejercer nuestro derecho a la protesta, porque éramos plenamente conscientes de que no teníamos ninguna posibilidad de decidir con libertad qué tipo de futuro podríamos tener. Una década después de aquel ciclo de movilizaciones que se dio tras la crisis financiera de 2008, encontramos pertinente hacer balance de cómo ha cambiado nuestra sociedad, si es que lo ha hecho.

En primer lugar, hay que tener en cuenta de dónde veníamos en 2011. Cabe destacar un estallido de la burbuja inmobiliaria a nivel nacional y una crisis económica a escala mundial, con sus correspondientes rescates bancarios con dinero público. A pesar de la falsa ilusión que se hubiera podido tener durante algunos años de progreso, créditos y crecimiento ilimitados, de mejoras en la capacidad adquisitiva para cada vez más gente, las burbujas son efímeras y explotan. Los dirigentes políticos casi siempre nos han mentido descaradamente, pero eran reelegidos una y otra vez, pues entonces tampoco parecía haber alternativas. El bipartidismo y el turnismo en el gobierno generaba un hastío y un malestar que mataba toda esperanza de que algo pudiera cambiar (a mejor, para variar).

En el entorno universitario las asambleas y acampadas contra el plan Bolonia se multiplicaban. El miedo a vivir peor que nuestros padres, a no poder pagar unos estudios superiores, a no poder alquilar ni comprar una vivienda, la constante amenaza de tener que endeudarse, cogía fuerza y cada vez era más compartida. Nos veíamos como una juventud sin futuro en una sociedad muy desigual y un mundo globalizado por un sistema injusto y decadente. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) nació en 2009 por la extrema necesidad de proteger a una cantidad cada vez mayor de personas desahuciadas y endeudadas con la banca. Desde el gobierno del PSOE se impulsó la agilización de esos desahucios y los suicidios provocados por ese hecho se dispararon. El desempleo también aumentaba considerablemente como consecuencia de la crisis y las perspectivas laborales para la mayoría de jóvenes pasaban (y pasan) por la precariedad o la emigración. Sobre todo en las grandes ciudades, ver a personas buscando en los contenedores de basura y durmiendo en cajeros automáticos se iba convirtiendo en una cotidianidad. Con el pretexto de que España debía pagar una deuda a poderes externos que anulan la soberanía popular, se suceden importantes recortes en sanidad y educación. A raíz de ello, surgen las mareas blanca, verde y otras que se van sumando consecutivamente.

En este contexto, en un ambiente caldeado por el empobrecimiento colectivo, el 15 de mayo de 2011 distintas organizaciones convocan manifestaciones en varias ciudades de todo el Estado y el movimiento ciudadano desborda las previsiones. Espontáneamente, esa misma noche se producen acampadas en muchas plazas. La indignación ya no es solo un sentimiento individual, sino que empieza a compartirse y organizarse colectivamente. La heterogeneidad fue intrínseca al 15M y, quizá por ello, fue capaz de contagiar a millones de personas dentro y fuera de nuestras fronteras. De repente, España se convertía en referente mundial de protesta pacífica contra las políticas neoliberales. Teníamos el firme convencimiento de que no queríamos ser mercancías en manos de políticos y banqueros, aunque y porque de facto lo éramos, y de que en un sistema como este la mayoría de la población sale perjudicada.

Además, asistíamos a un descrédito de la política institucional, corrupta e inaccesible para la mayoría. No se gestaba una revolución sino algo mucho más modesto, aunque tachado de radical por parte de las élites: la demanda de una democracia real. Sin más participación ciudadana en las decisiones que nos incumben a diario que la “concedida” cada cuatro años, creíamos que no se podía hablar propiamente de régimen democrático. En el verano de aquel mismo año, de hecho, el bipartidismo tuvo a bien cambiar la Constitución española sin consultar a la ciudadanía para nada, reafirmando las ideas que se coreaban en las plazas. En noviembre de 2011, el PP ganó las elecciones generales con mayoría absoluta. Los recortes, desahucios, desempleo y privatizaciones aumentaban incluso más que la indignación social, impotente ante un enemigo gigantesco que había sido más o menos identificado.

Las innumerables asambleas en las plazas dejaban ver la enorme diversidad del movimiento, pero también, quizá, cierto cariz ingenuo. Pese a las buenas intenciones del conjunto, no contábamos con un programa concreto de medidas políticas, como el filósofo Slavoj Žižek nos reprochaba (En El sur pide la palabra, por ejemplo), al tiempo que advertía, tras pasarse por Occupy Wall Street, que es relativamente fácil participar en una revuelta, pero que lo importante es el día después: “Lo único que me atemoriza ―dijo― es que un día nos vayamos simplemente a casa y después nos reunamos una vez al año, tomando una cerveza y recordando nostálgicamente el buen rato que pasamos aquí”.

Se trató, en efecto, más de una impugnación que de una propuesta, porque estaba claro contra qué nos manifestábamos, pero no tanto qué porvenir queríamos ni cómo podríamos conseguirlo. Con frecuencia había mucho debate en las asambleas ciudadanas por múltiples razones que dificultaban avanzar. Aunque muchas y muchos teníamos o empezábamos a tener conciencia anticapitalista o feminista, mucha otra gente no quería meterse en esos temas y quería mantener el apartidismo del movimiento, que a veces se confundía con planteamientos de carácter aparentemente apolítico. Entre las personas más politizadas, tampoco había acuerdo en cuestiones sobre cómo hacer para que “el miedo cambiase de bando”. Estaba bastante claro que no podíamos derrocar el sistema capitalista o abolir el patriarcado con solo desearlo y protestar pacíficamente en las calles durante meses o años y, efectivamente, diez años después siguen intactos.

Y bien, entonces, ¿Qué ha cambiado? ¿De qué sirvió dormir en tiendas de campaña, participar en asambleas y enfrentarnos a la policía? ¿Valdría la pena volver a hacerlo?

No nos conformemos con menos

Es habitual que se hable despectivamente del 15M, incluso en ciertos sectores de la izquierda, por haber sido insuficiente e inoperante. Seguramente haya algo de verdad en esas acusaciones. Sin embargo, tampoco se debe obviar el contexto ideológico imperante y la ausencia de alternativas en el imaginario colectivo. ¿Qué han hecho por la emancipación de la Humanidad muchas de esas voces tan críticas? ¿Dónde estaban los principales sindicatos cuando la mayoría trabajadora de este país perdía derechos conquistados con sangre y sudor de nuestros antepasados? ¿Se debería haber optado por la lucha armada? Teniendo en cuenta que un contenedor ardiendo abre portadas y telediarios como si se tratara de un drama sin precedentes en la historia del terrorismo internacional, justificando por ello que se vacíen las cuencas de los ojos de numerosos manifestantes, no cuesta imaginar qué ocurriría en esta sociedad si una suerte de guerrilla intentara alcanzar sus objetivos mediante violencia física directa y real ―casi tan real como la violencia ejercida a diario desde ciertos despachos, aunque no tan sutil.

El 15M pudo haber sido el detonante de un proceso constituyente, que no es poco, aunque no lo sea todo. Sin embargo, no lo fue y todo sigue, más o menos, “atado y bien atado”, con el miedo en el mismo bando y de nuevo con un PSOE tan neoliberal como el PP en el gobierno. Eso sí, la ventana de Overton se abrió unos centímetros a la izquierda (apareció Podemos, entre otras cosas) y la legitimidad del sistema en el que malvivimos se puso en tela de juicio. Tampoco sería de recibo negar que los éxitos de las manifestaciones del 8M de 2018 y 2019, en parte, también se deben a aquella concienciación política surgida del 15M.

Por supuesto que esto no da para grandes transformaciones y utopías, pero es que, por desgracia, la mayoría de personas que trabajan mucho y cobran poco, o que no encuentran trabajo y dependen de la caridad, o que son forzadas a endeudarse para tener un techo bajo el que guarecerse, tienen miedo a perder lo poco que tienen y en muchas ocasiones se resignan a una vida de miseria y explotación. También hay quien, muy legítimamente, se organiza con sus vecinos del barrio o del pueblo para producir un necesario apoyo mutuo a pequeña escala, aunque no se pueda decir que esto tenga un efecto de forma generalizada. Al fin y al cabo, no se puede obligar a la gente a ser revolucionaria. Hablando claro, buena parte de la ciudadanía que salió a las calles el 15M y en previas o posteriores manifestaciones quería volver a los años de la burbuja, los créditos, el consumo desenfrenado y la falsa ilusión de pertenecer a la clase media. Pero de ello no son responsables el movimiento 15M ni las generaciones más jóvenes ―el problema, lo sabemos, viene de lejos y es más profundo―.

Por este lado, parece ser tendencia desde hace algún tiempo enfrentar a la gente por generaciones, ya que la lucha de clases se cree anacrónica o inexistente. A muchos jóvenes ya los han convencido de que los culpables de su terrible situación son los viejos y muchos viejos también dedican todo tipo de insultos y reproches a los jóvenes. No es que esto sea exclusivo de esta época. Hesíodo ya hablaba con desdén de la juventud en el siglo VIII a. n. e. Por ejemplo, decía cosas como esta: “No tengo ninguna esperanza en el porvenir de nuestro país si la juventud de hoy toma el mando mañana, porque esta juventud es insoportable, sin moderación, simplemente terrible”. Lo que sí es seguro en todo caso, y volviendo a nuestros días, es que quien más poder acumula a nuestra costa duerme tranquilo mientras esto siga así. Aunque, de hecho, no siempre ha sido así. A aquella generación indignada que rondaba la veintena hace diez años nos calificaron de “perroflautas”, un término que a muchas nos divertía más que ofendía, y eso llevó a que muchas personas mayores se unieran a nosotras y a nuestras reivindicaciones bajo el nombre de “iaioflautas”. Asimismo, son dignos de mención los apoyos al movimiento 15M por parte de, por ejemplo, José Luis SampedroJulio Anguita o Arcadi Oliveres, que tristemente ya no están entre nosotros.

Ahora bien, no es que se solidarizaran con nosotros debido a su extraordinaria empatía, sino que sabían que nuestros problemas son sus problemas y viceversa. Si las pensiones son claramente insuficientes para lo básico, no es problema solo de los que se ven afectados aquí y ahora; si estudiar en la universidad vuelve a ser un privilegio para las familias más pudientes o complacientes con el poder, no es solo un problema de quien no puede afrontar esos pagos; si millones de pisos vacíos son propiedad de bancos mientras seres humanos duermen a la intemperie, estamos ante un problema y un fracaso social y no individual. Como sociedad política y como especie humana no podemos escapar de la interdependencia, aunque a muchos no les guste reconocerlo y crean que sus éxitos se deben a su inigualable talento y esfuerzo individual. Esos tiburones triunfadores tienen tiempo de hacer lo que sea que hagan porque otras personas les limpian la casa, cocinan su comida y cuidan de sus hijos o padres. Tienen estudios porque en el pasado muchas otras personas crearon y universalizaron la educación reglada. Tienen propiedades que no se esforzaron en conseguir, porque las heredaron o compraron a costa del trabajo ajeno. Tienen comida sobre la mesa porque muchas otras personas han cultivado, recogido y transportado esos alimentos. Ninguno de nosotros “se ha hecho a sí mismo” aisladamente y sin necesitar a nadie. No estaría de más prescindir de este tipo de mitos contemporáneos, tan ingratos y perjudiciales como extremadamente cutres.

Retomando las preguntas planteadas algo más arriba: el 15M mereció la pena y conviene repetirlo y radicalizarlo tanto y tantas veces como sea necesario. Indudablemente sirvió para agitar conciencias, fue un chute de autoestima colectiva, contribuyó a visibilizar a mucha gente que creía que no era nadie, tejió alianzas intergeneracionales e internacionales y proporcionó algo de esperanza en un mundo en el que el dinero y las mercancías tienen primacía sobre las personas.

¿Es poco? Lo es. Hagamos que sea más. Tengamos la dignidad de indignarnos ante toda injusticia y cuestionemos todo, como aconsejaban y practicaban Weil y tantas y tantos otros filósofos y personas anónimas que hicieron de este mundo un lugar mejor. Si queremos libertad, igualdad y una democracia real, debemos tener claro que no llegarán por ningún tipo de inercia, magia ni determinismo. No echemos la vista atrás con permanente nostalgia de lo que fue o de lo que pudo haber sido y no fue. Organicemos y actualicemos las luchas, una y otra vez, conjuntamente, hasta vencer al sistema criminal que nos angustia y oprime. No nos conformemos con menos.

https://www.elsaltodiario.com/el-rumor-de-las-multitudes/diez-anos-del-15m-seguimos-indignadas

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