El comodín del anarquismo (PorJulián Vadillo)

En los últimos días hemos comprobado cómo ante las protestas y algaradas que se han dado en la calle por las medidas adoptadas por la pandemia del covid, muchos medios de comunicación han vuelto a utilizar el anarquismo como excusa.

A finales del siglo XIX, la prensa conservadora (y alguna no tanto) se marcó como objetivo la criminalización del movimiento anarquista, en un momento delicado para las propias organizaciones libertarias y en medio de un marasmo generado por las acciones individuales que tuvieron episodios en Francia, España o Italia, entre otros.En aquellos momentos, desde muchos voceros y grupos se hablaba de una “Internacional negra” que había establecido una especia de comité secreto que promovía atentados terroristas en diversos países. El origen de esa supuesta estructura lo ubicaban en el Congreso de Londres de 1881 y a la cabeza del mismo, personajes de renombre como Piotr Kropotkin o Errico Malatesta.

El mensaje era sencillo. En aquel congreso se aprobó una estrategia de enfrentamiento violento contra las instituciones del Estado y se proveía a los ejecutantes los posibles para llevar a cabo estas acciones. Incluso se reunió en Roma, en 1898, una Conferencia Internacional para la Defensa Social contra el anarquismo, que pretendía la articulación de colaboración policial en diversos países (orígenes de la Interpol), bajo el paraguas de esa acusación.

Sin embargo, la realidad distó mucho de lo que se pretendía. El Congreso de Londres de 1881 no estableció ninguna táctica violenta y los datos que conocemos del mismo, y que sirvieron para esta estrategia, provenían de infiltrados de las policías francesa e italiana. Kropotkin, acusado de esta estrategia, condenaba la utilización de una violencia sin sentido, pues como él decía, un edificio de siglos de explotación era imposible derribarlo con unos kilos de explosivos.

Sin embargo, el chivo expiatorio del anarquismo funcionó durante mucho tiempo. Se acusaba a los anarquistas de la inestabilidad interior de muchos países, y con ello se criminalizaba al movimiento obrero, considerándolo un problema de orden público. Se aprovechaba algunas circunstancias de violencia individual o de pequeños grupos para establecer leyes de excepción y represivas contra la libertad de organización.
El anarquismo se convirtió en un comodín. Cuestión que se mantuvo en protestas recientes, como la existencia del “Black Block” en las movilizaciones antiglobalización o el surgimiento de una autodenominada “Federación Anarquista Informal” con epicentro en países como Italia, Grecia y España. En todos los momentos, nada nuevo bajo el sol.

SOBRE LAS PROTESTAS ACTUALES

Curiosamente, en los últimos días hemos comprobado cómo ante las protestas y algaradas que se han dado en la calle por las medidas adoptadas por la pandemia del covid, muchos medios de comunicación han vuelto a utilizar el anarquismo como excusa. Un renombrado programa de televisión, a cargo de un periodista que se hace llamar experto en cuestiones de sucesos, decía abiertamente que Barcelona era un epicentro de experimentación del anarquismo internacional. En todas las noticias, al hablar de los perfiles de la protesta, los “grupos anarquistas” aparecían de forma indistinta como organizadores o participantes activos de la protesta.

Da igual que los perfiles de los convocantes en las redes sociales, en su amplia mayoría, tengan una vinculación ideológica con la ultraderecha. El anarquismo funciona a la hora de meter en el mismo saco los perfiles de la protestas. Sin embargo, nadie apunta quiénes son esos “grupos anarquistas”, dónde se coordinan y qué es lo que piensan. El anarquismo fue, es y, seguramente, será un mantra para poder meter una amalgama de ideologías sin conexión ninguna

¿EL ELOGIO DE LA ALGARADA?

Luigi Fabbri escribió un folleto titulado Influencias burguesas sobre el anarquismo donde desgranaba lo que era el anarquismo y lo que algunos apuntaban que era. Y cómo ese discurso de la burguesía sobre el anarquismo había calado, incluso, en algunos sectores libertarios.

Fabbri acusaba que eran los literatos burgueses, los periodistas y personas alejadas del movimiento obrero revolucionario los que habían conferido una imagen violenta del anarquismo. Aunque el anarquista italiano no negaba la necesidad de la violencia en legitima defensa, sí niega la existencia de un “anarquismo violento”, pues doctrinalmente el anarquismo estaba alejado de la violencia. Este interesante texto de Fabbri iba dirigido a aquellos que utilizaban la palabra y el movimiento anarquista, pero también a aquellos que denominándose anarquistas reproducían lo que la burguesía y los movimientos decían que era el anarquismo. En un momento de sus disertaciones sobre la violencia, Fabbri afirmaba lo siguiente: “La violencia, además de estar por sí misma en contradicción con la filosofía anarquista, por cuanto implica siempre dolor y lágrimas es una cosa que nos entristece; puede imponérnosla la necesidad, pero sí sería debilidad imperdonable condenarla cuando es necesaria, malvado sería también su empleo cuando fuese irracional, inútil o se empleara en sentido contrario del que nos proponemos”.

Ciertamente, Fabbri hace un análisis de su momento histórico (insiste mucho en ello en el texto) donde si bien no descarta una violencia concertada inherente a determinadas circunstancias históricas, la pasión por la violencia o la utilización de la misma porque sí eran entendidas como perjudicial para el anarquismo. Al igual que Malatesta, Fabbri consideraba que el fin no justificaba los medios y que son esos medios lo que determinaban un fin. Si tus medios son violentos, tu sociedad será violenta, y ponía como ejemplo el modelo capitalista o el incipiente fascismo.

A tenor de las imágenes y los comentarios que se han dado en los últimos días por las protestas en España, nunca es mejor dar una lectura como lo hacía Fabbri. Si bien una mala gestión y una pérdida de derechos justifican la movilización, hay que hacer un buen análisis previo de en qué consiste esa movilización y qué finalidades tiene.

Como decía hace poco el historiador Aleix Romero, la terminología y los conceptos son fundamentales y en estas movilizaciones se han desdibujado o se han pervertido. Se grita “¡libertad!”, pero habría que preguntarse qué tipo de libertad se esta defendiendo o reclamando. ¿Qué “libertad” defiende un partido como Vox o animadores de ultraderecha de las movilizaciones? ¿Qué concepto de “libertad” tendrían aquellos que ven recortados sus derechos por tener un ocio nocturno limitado? ¿Qué “libertad” reclaman los empresarios que dicen se sienten agraviados por distintas medidas adoptadas?

Cuando alguien se siente fascinado por la protesta por la protesta sin pararse a pensar determinadas cuestiones, estaremos en el punto que Fabbri criticaba a aquellos que se consideraban anarquistas según los parámetros que establecía la burguesía y los reaccionarios. “Anarquistas de derechas” los denomina un buen amigo mío, porque dice que hacen todo lo que la derecha quiere.
Un servidor, que ha participado de movilizaciones por la defensa de la sanidad pública en los últimos tiempos ante los recortes o el abandono de los barrios obreros, no logra verse identificado con unas movilizaciones que ve más ultraderechistas que otra cosa, donde lo que prima es un “elogio a la algarada” sin poder entender a aquellos que las justifican.

UN PROBLEMA (GRAVE) DE ANÁLISIS

Fabbri realizaba una radiografía de su tiempo y daba una respuesta desde la perspectiva anarquista. Algo que ahora mismo no se está haciendo. Y esto no lo digo por comparativa añorando un tiempo pasado sino como invitación a la reflexión.

España ha tenido una serie de transformaciones sociales en los últimos tiempos que no han sido analizadas de forma coherente o reflexiva por los movimientos sociales, incluido el anarquismo. El ciclo que se abrió con el 15M, donde parecía que se podía recuperar determinadas cuestiones horizontales, quedó sepultado, en parte, por un debate sobre si llevar a las instituciones o no a algunos de los protagonistas de aquel movimiento. Sin embargo, un análisis social en base a la pérdida de derechos, a las consecuencias de los recortes sociales en el campo educativo o sanitario, quedaba en un plano secundario o no tratado con el suficiente interés. Al final, las bolsas de pobreza que se generan se pueden ver canalizadas por todo lo contrario a nuestros deseos, y el resurgimiento de la extrema derecha marca un peligro que no sé si estamos calculando en su verdadera dimensión.

Cuando en la Francia de finales del siglo XIX, las medidas introducidas por la Tercera República intentaban consolidarse, un personaje llamado George Boulanger organizó un movimiento que con unos conceptos sucintos basados en el patriotismo y en un demagógico programa de reformas sociales, arrastró la influencia de distintos sectores políticos. No duró mucho pero dio verdaderos quiebros de cabeza no solo a las autoridades republicanas sino al importante movimiento socialista y anarquista francés. Algo similar, salvando las distancias y las circunstancias, sucede estos días.

La pandemia de covid19 ha aumentado o acelerado este proceso. Tengo que reconocer que me ha sorprendido la cantidad de “epidemiólogos” y “virólogos” que nos rodean (y yo sin saberlo). De repente, mucha gente “sabía” cómo aplacar un virus. Y mientras se gastan fuerzas en contradecir al de frente, para demostrar que “yo sé más” o “el ejemplo X es mejor que el ejemplo Y”, había un descontento que crecía. Además, en estos tiempos complicados hay personas a las que consideramos cercanas en ideas que han perdido algo fundamental: el principio de empatía. Porque, ojo, la situación genera miedo en amplias capas de la población y lo último que se busca es el juicio desde la torre de marfil para mostrarte cuán equivocado estás. Los que hemos visto de cerca el peligro de virus o cómo personas de tu entorno han desaparecido, no buscamos fórmulas mágicas sino reflexiones de conjunto.

Si somos capaces de realizar un ejercicio de reflexión por lo que nos rodea, alejándonos de demagogias y mistificaciones, quizá todavía tengamos la oportunidad de dar una lectura y ofrecer una alternativa. Pero esta reflexión y vías de análisis tienen que tener todo los elementos encima de la mesa, los que nos gustan y los que no. No se puede tomar la parte por el todo para sacar la conclusión que nosotros pretendemos y demostrar al que tenemos “enfrente” que está equivocado y que es un cretino o cretina porque yo soy “más listo que nadie”. De hecho, no tendría que haber un “enfrente” pues los análisis se hacen codo a codo y al lado. El problema viene cuando las bases para esos debates se hacen a golpe de tweet o en 140 caracteres. Aun así, hay que ser optimistas y sentar unas bases de análisis y debate serio. Malatesta decía que para superar una sociedad injusta hace falta las bases y los cimientos de un mundo nuevo. La destrucción por la destrucción es el nihilismo y de ahí nunca se ha sacado nada bueno. No todo está perdido.

https://www.elsaltodiario.com/opinion/el-comodin-del-anarquismo

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