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El filósofo Javier Sádaba ante las elecciones del domingo


«Menosmalismo»

Elegir el menor de los males es algo que, todos o casi todos, hacemos cotidianamente. Si un determinado fármaco me cura una enfermedad grave a pesar de que tenga efectos secundarios desagradables es muy probable que elija el fármaco en cuestión y reciba la aprobación de todos. Pero cuando la doctrina del mal menor se convierte, dogmáticamente, en un principio incuestionable o tolerado con facilidad nos encontramos con una falacia o mala argumentación y con una desgracia. La falacia o mala argumentación consiste en que como siempre puede haber un mayor mal , queda justificada cualquier acción. Por poner un ejemplo extremo, votar a Pinochet para que no salga el mas repugnante de los nazis imaginables. Y eso no es de recibo. Y es una desgracia porque la izquierda, con vocación realmente emancipatoria y no de boquilla, ha caído con demasiada frecuencia en la aceptación de dicha manera falaz de argumentar. La historia abunda en tantos ejemplos que está de más enumerarlos. Es probable que esa supuestamente puntual sumisión, votar con la nariz tapada o conceder ahora para ganar mañana sea una de las causas de los constantes fracasos de una izquierda obnubilada por sacar la cabeza a cualquier precio y no perder un átomo de poder.

Es lo que creo que, como tantas veces, ocurre ahora. La consigna es ir a votar a toda costa, metiendo el miedo en el cuerpo, por muy real que también lo sea en la realidad. Habría que evitar a toda costa que la derecha y la ultraderecha ganen. Da igual que se pisoteen los principios, que se pacte con aquel que se detestaba, que se calle para no nombrar lo que moleste. Lo importante, y ahí se unen los que mandan y muchos de los, al menos autotitulados, luchadores de la izquierda. Algunos no estamos de acuerdo y pensamos que lo mejor es la abstención activa. No ir a las urnas pero trabajar día a día en la sociedad que es donde se gesta una política que merezca la pena. Y lo curioso es que, incluso dentro de los que poseen un corazón libertario, con el que simpatizo, cuando optan por no votar lo hacen con argumentos en relación a los muchos defectos de esta democracia. El paro, las desigualdades, la falta de real pacifismo, el maltrato a jóvenes y mayores y un sinfín de hechos que sin duda, son reales ,solo que se dan dentro del sistema. Y es este el problema de verdad, allí donde a de colocarse el punto de mira. Es el sistema, habría que repetirlo una y mil veces. Y si suena a estribillo, qué le vamos a hacer.

Lo que hay que recordar es que la llamada democracia es la sucesora del franquismo, que la Constitución fue impuesta, que en ella, ahora por arte de magia reivindicada por algunos , todo se basa en la indisoluble unidad de la nación española y que las fuerzas armadas son las garantes de la integridad territorial. Mas aun, la monarquía casi ni se toca cuando es algo inmoral que una persona pueda convertirse en la máxima autoridad política del Estado exclusivamente por sus genes, que sea el jefe de las citadas fuerzas armadas y que sea inviolable. Este es el asunto central. Es el sistema lo que se pone en cuestión y no solo los males derivados de una mala política. Por no hablar, de manera engañosa, de que la única democracia a la altura de nuestro tiempo es la representativa. Eso no es verdad. La democracia directa, como la rotación en los cargos, debe seguir siendo un ideal a no olvidar. La representación se ha trucado en la peor idea de representar. Consiste en que me des lo que te pido, no me pidas cuentas y haga lo que me de la gana.

Podía seguir dando más razones para no ir a votar. Baste lo expuesto. Solo añadiría que me gustaría saber qué se entiende por el mal menor. La apariencia esconde, muchas veces, la realidad. Tal vez de modo inmediato sea mejor tener un PSOE, rodeado de corrupción, que otros trogloditas que, si hicieran lo que dicen, nos llevarían a las cavernas. Pero no hay que olvidar que el PSOE ha sido siempre el ultimo baluarte del capitalismo, el se ha dado y ha dado el diploma de poder llamarse izquierdista y, al final, en los momentos y aspectos decisivos, ha salvado al hipercapitalismo. Y como decía B. Brecht, para luchar contra el fascismo hay que luchar antes contra el capitalismo.

rebelion.org

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