¿’LOW COST’? POR QUÉ LA POLÍTICA DE PRECIOS BARATOS ES UNA RUINA

La sociedad ‘low cost’ se extiende como una mancha de aceite. Y con ella, los bajos salarios y la precariedad laboral. El proceso no ha hecho más que comenzar

¿Quién gana y quién pierde con el ‘low cost’? ¿Es sostenible el Estado de bienestar cuando los salarios se ajustan a los precios baratos? ¿En qué medida el ensanchamiento de la desigualdad es fruto de la existencia de grandes corporaciones que venden barato porque aprovechan las condiciones de vida en países pobres? ¿Es irreversible la proletarización de las clases medias por el empuje del ‘low cost’?

Estas y otras preguntas pueden parecer ociosas en un mundo en el que la sociedad del ‘low cost’ se ha impuesto. Es ya una realidad. Pero, aun así, están en el centro del debate macroeconómico por sus consecuencias. Y, por supuesto, en el núcleo de la discusión política. Entre otras razones, porque detrás de los precios baratos se encuentran importaciones masivas que han quebrado no solo los tejidos productivos de muchas naciones avanzadas hasta hacerlos irreconocibles sino también los viejos ecosistemas sociales, culturales y hasta de relaciones personales. El tendero de la esquina está en vías de extinción.

Detrás del populismo, de hecho, se encuentran las dificultades reales de muchos sectores para competir en desigualdad de condiciones. Como si fueran dos caras de la misma moneda, lo que gana el consumidor lo pierde el ciudadano, que observa inerme cómo su mundo se desmorona.

¿Es el proteccionismo la solución? ¿Por qué culpar a los bajos precios de un problema estructural que tiene que ver con la baja productividad de las economías desarrolladas? ¿Cómo afecta el envejecimiento a los nuevos hábitos de consumo? ¿En qué medida han influido los avances tecnológicos en la provisión de bienes más baratos? ¿O es que las desrregulaciones de los años ochenta y noventa son, en realidad, las culpables del empobrecimiento de las antiguas metrópolis? ¿Tiene la culpa el desarme arancelario?

Josep Mestres, economista de CaixaBank Research, ofrece una primera respuesta. Probablemente, la más evidente: “El consumidor ha ganado con el ‘low cost’ y con la globalización”. Pero introduce un matiz. Hay que diferenciar si los bajos precios son fruto de los avances tecnológicos o, por el contrario, reflejan la entrada masiva de bienes y servicios fabricados en condiciones inaceptables para los estándares de vida de los ciudadanos europeos.

Es decir, existe una tensión entre ciudadanos que reclaman derechos (mejorar el medio ambiente o favorecer condiciones laborales justas) y los consumidores que se benefician de los precios baratos, pero que, al mismo tiempo, sufren, en su condición de ciudadanos, las consecuencias del ‘low cost’: problemas para financiar las prestaciones sociales básicas (educación) o salarios bajos para ellos mismos o para sus hijos. ¿Se están alimentando negocios en los que ningún ciudadano querría que trabajaran sus hijos? ¿Qué pesa más, la ciudadanía o el consumo?

Precios irrisorios

El caso más evidente es el de la aviación, como sostiene José Armando Tellado, presidente de la Fundación Knowcoster, quien reconoce que el ‘low cost’ “ha democratizado” los vuelos, pero, al mismo tiempo, ha hundido el salario de las tripulaciones y, en general, del sector. O expresado de otra manera, el poder adquisitivo de los pilotos o del personal de cabina, al igual que ha sucedido en otros negocios, se ha visto mermado pese a que cada vez más gente viaja en avión o adquiere nuevos productos a precios que antes se considerarían irrisorios.

La ventaja del ‘low cost’, por lo tanto, hay que relativizarla, pero sin olvidar que los avances tecnológicos, principalmente a través de multitud de plataformas, han hundido, y eso es una buena noticia, junto a la disciplina que introduce en el mercado, los costes de entrada para poner en marcha un negocio, como dice Mestres, y eso ha hecho aumentar de forma descomunal la competencia. “Un pequeño negocio puede ahora ser global”, asegura el economista de CaixaBank.

Las ventajas, sin embargo, también tienen su cara amarga. ‘The New York Times’ lo ha llamado el “apocalipsis minorista”. Habida cuenta de las decenas de miles de tiendas y comercios medianos que han cerrado en los últimos años en EEUU. Y es que no siempre los precios baratos son fruto de la tecnología, y de ahí que desde Knowcoster, una fundación dedicada a analizar las consecuencias de una sociedad basada en tirar los precios, se proponga conocer la trazabilidad de cualquier producto.

Es decir, se trata de hacer posible que el consumidor (que ontológicamente no puede ser distinto del ciudadano) conozca si el fabricante ha pagado los impuestos correspondientes, los salarios adecuados a su sector, ha respetado la huella medioambiental e, incluso, su contribución a la creación de empleo. De este modo, asegura Tellado, el consumidor sería plenamente consciente de lo que compra, toda vez que que en muchas ocasiones genera externalidades negativas que hacen que un producto, a la larga, salga caro: el Estado se ve obligado a subir los impuestos para que las ayudas sociales compensen los bajos salarios; más gasto público para luchar contra el cambio climático o financiación adicional para combatir la degradación de tejidos urbanos e industriales incapaces de sobrevivir. Sin contar el elevado coste que tiene el tratamiento de los residuos urbanos. “El ‘low cost’ es pan para hoy y hambre para mañana”, sentencia Tellado.

Exportar empleo

Y pone como ejemplo el mercado laboral. Las grandes plataformas tecnológicas, con un enorme poder de mercado, como ha advertido el FMI, han facilitado la adquisición de bienes a precios baratos, impensables hace pocos años, pero, al mismo tiempo, eso facilita que se exporte empleo a otros países. Lo que crece es el transporte, no el número de fabricantes interiores.

Es decir, que lo que no se produce aquí se fabrica en otro lugar, lo que explica que compañías como Amazon valgan ya más de un billón de dólares en bolsa, mientras que otras, más pequeñas, han ahondado en la dualidad laboral entre trabajadores con contratos indefinidos, que hoy aparecen a ojos de muchos como unos privilegiados por disfrutar de unas relaciones laborales estables, y una enorme fuerza laboral de reserva que vive en torno al subempleo. Tanto en salarios como en horas trabajadas. Y que tiene su máxima expresión en los falsos autónomos de los que se nutren muchas plataformas tecnológicas que comercializan productos a bajo precio.

¿La solución pasa por el proteccionismo? No parece que esa sea la mejor alternativa. Entre otras cosas, porque el cierre de las pequeñas tiendas no siempre está vinculado a un problema de competencia desleal. La venta ‘online’ en EEUU, por ejemplo, apenas representa hoy el 11% del comercio minorista, lo que sugiere que hay problemas más de fondo. Probablemente, por las nuevas realidades sociales y la mayor movilidad geográfica y laboral de los trabajadores. De nuevo, vinculadas a la digitalización de la economía.

Hay consenso en los críticos del ‘low cost’, sin embargo, en que el modelo de globalización más equilibrado debe fomentar un comercio justo y equilibrado, un principio que no se ha respetado desde que China ingresó en la Organización Mundial de Comercio (OMC), en 2001. Lo que se propone, por lo tanto, no es condenar al averno el ‘low cost’, o lo que se ha llamdo sociedad del ‘outlet’, sino informar a los consumidores, con carácter previo, de las condiciones en que se ha fabricado un determinado producto para que el ciudadano obre en consecuencia.

Entre otras razones, porque la política de precios bajos les afecta directamente. Se estrechan los márgenes comerciales y, como consecuencia de ello, también bajan los salarios, arrastrados por empresas especializadas en el ‘low cost’ y no en la innovación. Aparece el precariado. Una nueva clase social emergente que, sin embargo, se justifica mediante la ilusión de un determinado estatus social vinculado al consumo (los Black Fridays). Florecen el consumismo y sus efectos devastadores sobre el clima. Un estudio de la Universidad Autónoma de Barcelona llegó a concluir que el río Ebro vierte anualmente al Mediterráneo 2.200 millones de microplásticos, de los que el 70% aparece en fibras sintéticas, y cuya erradicación cuesta enormes recursos públicos.

Degradación ambiental

Un estudio publicado por ‘The Guardian’, realizado por el Parlamento británico en relación a la industria de la moda —en particular, por los nocivos efectos que supone la llamada ‘fast fashion’—, estimaba que, en términos de degradación ambiental, la industria textil generaba 1.200 millones de toneladas de CO2 al año, más que la aviación internacional y el transporte marítimo juntos, consume volúmenes de agua del tamaño de un gran lago y crea productos químicos y contaminación de plásticos: hasta el 35% de los microplásticos encontrados en el océano proviene de ropa sintética.

El ‘low cost’ en la aviación, como se ha dicho, vuelve a ser el mejor ejemplo. Pilotos, azafatas y auxiliares de vuelo cobran menos que hace 10-15 o 20 años, pese al ‘boom’ del turismo. Ahí, al menos, han bajado los precios, pero no en todos los casos.

La vivienda, las tasas, los impuestos municipales y hasta las multas, también el transporte público, son inelásticos a la caída de los salarios, lo que hace que su coste real para el consumidor-ciudadano sea cada vez más elevado. También las deudas cuesta más pagarlas si los salarios empequeñecen en la medida que se abaratan los productos. Según CaixaBank Research, en España, el peso de la clase media se ha reducido unos 3,7 puntos porcentuales en tres décadas, mientras que el de las clases bajas crecía en la misma proporción. Aun así, la clase media todavía representa el 59,3% de la población en 2017.

De esta manera, aparece una nueva cohorte de ‘pudientes (funcionarios, pensionistas, directivos o rentistas) para quienes viajar o comer es más barato, ya que sus rentas son inelásticas al estar aseguradas. Por el contrario, quienes están expuestos al mercado sufren el rigor del ‘low cost’. Su sueldo baja en la misma medida que se reducen los precios. En definitiva, una especie de nueva estratificación social, pero esta vez basada en los precios. Sobre todo, en un contexto de ensanchamiento de la desigualdad de renta.

Y es una evidencia que, a medida que aumenta la concentración de ingresos en la parte superior de la pirámide, el comercio minorista general sufre más. Simplemente, porque las personas de altos ingresos, la nueva aristocracia económica, ahorran una parte mucho mayor de su patrimonio que quienes se encuentran en la parte baja. Y son estos, precisamente, los más propensas a comprar en los comercios minoristas. En definitiva, una pescadilla que se muerde la cola. Lo barato, a veces, sale caro, que se decía antes.

Fuente: El Confidencial