Hoy, Primero de Mayo, día internacional de la clase trabajadora, alzamos la voz en un contexto de crisis encadenadas que atraviesan nuestras vidas: guerras abiertas y conflictos prolongados, crisis energética, emergencia climática, encarecimiento generalizado de la vida y aumento de las desigualdades.
Vivimos bajo un sistema que combina violencia directa —bombas, ocupaciones, ilitarización— con violencias más invisibles, pero igualmente devastadoras: precariedad, expolio de recursos, destrucción ambiental y desposesión de derechos. El orden mundial capitalista, racista y patriarcal, ya basado en la explotación de la clase trabajadora, está dando paso a una fase aún más agresiva y peligrosa, marcada por el aumento de los conflictos, el militarismo y el miedo.
El imperialismo se configura como un sistema global de dominación que no actúa únicamente mediante la guerra directa, sino a través de múltiples formas de violencia interconectadas. Mata de forma inmediata con invasiones y bombardeos, pero también de manera lenta mediante bloqueos económicos, deuda externa y políticas impuestas que asfixian a los pueblos del Sur global. Extrae recursos naturales, impone la soberanía de unos Estados sobre otros y organiza una división racial del trabajo que perpetúa la desigualdad estructural.
Este sistema genera migraciones forzadas que posteriormente criminaliza, militariza territorios, destruye ecosistemas y convierte la vida de amplias poblaciones en prescindible. Además, opera en los planos político, cultural y simbólico: criminaliza la resistencia, persigue liderazgos sociales, instrumentaliza discursos emancipadores para legitimar intervenciones y difunde una visión única del mundo que invisibiliza alternativas. Todo ello se sostiene sobre una lógica profundamente desigual que establece que no todas las vidas tienen el mismo valor.
En conjunto, este modelo no solo organiza el presente, sino que compromete el futuro, al destruir las condiciones materiales y ecológicas necesarias para la vida. Su denuncia no es únicamente una cuestión política, sino una necesidad de supervivencia colectiva.
Nada de esto es ajeno a nuestra realidad. La clase trabajadora no vive al margen del mundo: está atravesada por estas dinámicas. El imperialismo organiza la economía global y determina nuestras condiciones de vida. Nos obliga a trabajar más para vivir peor, mientras aumentan los precios de la energía, la vivienda y los alimentos, y los salarios pierden poder adquisitivo.
La precariedad se convierte en norma: contratos temporales, subcontratación, parcialidad forzada e inestabilidad permanente. El acceso a la vivienda se dificulta, especialmente para jóvenes y personas migrantes, mientras la especulación convierte un derecho básico en un negocio. Al mismo tiempo, crecen los beneficios de grandes empresas y multinacionales, mientras cada vez más personas tienen dificultades para llegar a fin de mes.
El imperialismo encarece la vida a través de guerras, control de recursos y especulación energética. Se traduce en facturas más altas, alimentos más caros y una mayor inseguridad material. Asimismo, militariza nuestras sociedades, destinando crecientes recursos públicos al gasto militar mientras se debilitan servicios esenciales como la sanidad, la educación o los cuidados.
Este sistema no afecta a todas las personas por igual. Se sostiene sobre desigualdades estructurales que golpean con mayor fuerza a las mujeres y a las personas migrantes y racializadas. Son ellas quienes ocupan mayoritariamente los trabajos más precarios y peor remunerados, quienes sostienen los cuidados en condiciones de explotación y quienes enfrentan mayores barreras para acceder a derechos básicos. El imperialismo es también racista y patriarcal: divide a la clase trabajadora, criminaliza a quienes migran y explota un trabajo de cuidados invisibilizado y feminizado.
Denunciamos esta barbarie frente a quienes la blanquean y la justifican con una falsa “estabilidad” y un supuesto “desarrollo” que solo encubren explotación y violencia. Denunciar el imperialismo es, en definitiva, afirmar que todos los pueblos tienen derecho a existir, a decidir y a vivir con dignidad. Y que ese derecho no es negociable. Es, además, una necesidad política para la supervivencia.
Pero también afirmamos que hay alternativas, y que deben construirse desde aquí y ahora.
Apostamos por la reconversión de la industria armamentística presente en nuestro entorno, es decir, que las empresas que hoy fabrican componentes militares pasen a producir bienes socialmente útiles. No queremos fábricas de muerte; queremos trabajo digno que sostenga la vida.
Defendemos el fortalecimiento de los servicios públicos —sanidad, educación, vivienda y cuidados— garantizando su acceso universal y su gestión pública. Reivindicamos especialmente una educación pública, universal y laica, libre de injerencias religiosas, como base de una sociedad crítica, igualitaria y democrática. Exigimos políticas feministas reales que redistribuyan los cuidados, dignifiquen las condiciones laborales y combatan todas las violencias machistas.
Defendemos los derechos de las personas migrantes y su acogida digna, frente a un sistema que las expulsa de sus territorios y las criminaliza al llegar. En este sentido, reconocemos la lucha de las personas migrantes organizadas que han impulsado la Iniciativa Legislativa Popular por la regularización. Su esfuerzo colectivo ha logrado abrir un proceso político que, aunque insuficiente y lleno de límites, demuestra que la organización y la lucha sirven, y que es posible conquistar derechos y abrir nuevos caminos.
Reclamamos la desmilitarización, el fin del negocio de la guerra y el rechazo a las estructuras que sostienen las dinámicas imperialistas. Apostamos por una transición ecosocial justa que ponga en el centro la sostenibilidad de la vida y que no recaiga sobre la clase trabajadora.
Frente a la pérdida de soberanía, reivindicamos el derecho de los pueblos a decidir su futuro. Porque estas dinámicas no son nuevas: son la continuidad del colonialismo bajo nuevas formas.
Frente a un sistema que precariza, divide y explota, la respuesta es clara: organización colectiva, solidaridad y lucha. Porque la lucha de la clase trabajadora no es solo resistencia: es también construcción de un futuro digno.
Gora langileon borroka! Gora maiatzen lehena!
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