El divorcio a la catalana es solo uno de los múltiples conflictos que evidencian la metástasis que corroe al régimen del 78. Un largo capítulo de humillaciones y abusos soportados resignadamente durante decenios por la auténtica mayoría silenciosa. Penitencia que alcanzó su clímax cuando la crisis económica provocada por la oligarquía financiera se hizo recaer sobre los perjudicados por el exclusivo derecho a decidir que ostenta el duopolio dinástico hegemónico.
Seguramente sin ese plus de desprecio hacia los verdaderos titulares de la soberanía general el descrédito de la clase política no hubiera llegado a la actual situación de no retorno. La convicción entre los sectores ciudadanos más consecuentes y responsables es que esta coyuntura ya no tiene enmienda. El sistema es irreformable desde dentro y la única salida digna es la ruptura democrática. Hartos de estar hartos.

Este es un mínimo ejemplo de lo que puede suponer la aprobación del CETA donde las grandes empresas se beneficien de unos tribunales privados diseñados para defender sus intereses económicos por encima de los derechos humanos, engrasando la máquina que traspasa dinero público a manos privadas.