La crisis de los atentados criminales contra la población civil de los pasados días 17 y 18 de agosto está generando varias sacudidas en la sociedad catalana y española. Como cuando cae una piedra en un estanque, cada onda generada tiene un mismo origen pero está, al mismo tiempo, diferenciada de las otras. Hay, pues, que poner atención a los diversos movimientos que produce cada una.
Sin duda el más potente es el impacto emocional de los atentados, tan chocante y doloroso que crea el conocido efecto de shock social: durante un tiempo indeterminado se generaliza la confusión, la alteración de la vida normal y todo aquello que parecía tan consistente acaba siendo interiorizado que, de hecho, no lo era.
