La caceria: Elecciones sindicales

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Pude esquivar el contingente sindical que ocupaba el pasillo de los vestuarios durante el cambio de turno.

La vez anterior me habían pillado en bragas, pero en esta ocasión andaría más espabilado.

No eran ni las cuatro de la tarde cuando comenzó la cacería y vinieron a buscarme al puesto.

No les había visto el pelo en cuatro años, pero durante los últimos dos meses estaban hasta en la sopa.

Les di el esquinazo justo a tiempo y me dirigí al servicio con la rapidez de una liebre. Como buenos sabuesos supieron rastrearme y vi sus pies por debajo de la puerta.

Se movían inquietos de un lado a otro sosteniendo la carpeta hasta que se pararon delante de mi puerta. Yo estaba en cuclillas, agazapado sobre el retrete y aguantando la respiración. Podía percibir su aliento gélido al otro lado.

Debieron detectar a otro afiliado en el pasillo porque repentinamente giraron los pies al unísono y salieron tras él. Volví al puesto, pero cuando ya me había tranquilizado les vi acercarse entre las máquinas sigilosamente, acechando uno por cada lado.

Tuve suerte, porque junto a mi se hallaba un elevador con el que alguien había estado cambiando las luminarias. De un salto me escondí en la cesta y agucé el oído: -“Vamos donde su J.U. y que nos lo entregue, así será más divertido”. Le dijo uno al otro. Se fueron a buscarle, pero yo sabía donde estaba.

Llegué antes que ellos y le dije que me tenía que ir al Servicio Médico, porque me encontraba muy mal y tenía una crisis de ansiedad, así que me marché pensando que me quedaría allí el resto de la jornada… ¡Ingenuo de mi!. En el servicio médico yo estaba visiblemente nervioso y era incapaz hasta de escribir mi nombre. El ATS me dio una aspirina y me mandó de vuelta al puesto de trabajo.

Mientras me acercaba a mi zona les vi de lejos, esperándome junto a mi máquina. Me armé de valor, respiré hondo y cuando estaba a menos de diez metros de esas caras con sonrisa de caimán, simulé un tropiezo y pulsé la seta de emergencia. –“¡¡Joder, la que he liado!!”. Exclamé. – “Venid dentro de una hora, que rearmar esto va para rato”.

Ignorantes de la realidad, porque la única máquina que conocen es la del café, se marcharon.

Quedaba solamente media hora para las ocho cuando una silueta se acercó por mi espalda y me dijo: -“Estas perdido chaval”. Me giré sobresaltado. – “No van a parar hasta que les acompañes, su existencia depende de ese hecho. No te van a dar opción ni siquiera a elegir”. Era un delegado de otro sindicato, de esos que no firman el convenio y sobre los que me habían dicho que no tratase con ellos. – “Te voy a dar un sobre con una papeleta, haz con él lo que quieras, pero por lo menos que tengas la opción de elegir.

Por mí, como si lo metes vacío, pero elige tú solito”. Tomé el sobre en mi mano, me giré para pulsar “marcha ciclo” pero cuando me volví para darle las gracias había desaparecido.

Minutos después me entregué. Cuando estaba escoltado delante de la urna, me acercaron un sobre.

– “Me lo habéis dado al entrar”. Dije, y saqué el mío del bolsillo. Elegí.

AFILIATE !!!

 

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