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    Comunicado 8 de marzo de 2007

    MUJERES LIBRES

    LA LUCHA DE TODOS LOS TIEMPOS

    …1937-2007…

    “La mujer, hace tiempo ya, que comenzó la tarea de emancipación. Nada puede reprochársele en este sentido. Compárese al mundo femenino de hace sólo cincuenta años con el de hoy, y díganme si no ha avanzado.” Estas fueron sus palabras hace ya 70 años, hoy sus “hijas o nietas” ideológicas podemos seguir diciendo lo mismo; fueron Libres, todo lo que pudieron llegar a ser en los tiempos que les tocó vivir.
    Pero no empezamos esta lucha hoy, sino ayer y nos vamos a mirar en su espejo para seguir avanzando cada día y para no olvidarnos de tantas cosas conseguidas y de tantas por conseguir. Parafraseando a una de aquellas Mujeres Libres, Concha Liaño, que aún nos recuerda aquellos tiempos con su presencia en el mundo: Queremos afirmar que nunca las olvidaremos, que las llevamos en nuestros corazones a pesar de los años de ausencia física. ¡Ya veis, no hemos desaparecido!… Aquella semillita que con tanta fe, ardor y esfuerzo sembrasteis, luchando contra reloj, porque teníais el tiempo contado, corto, ¡GERMINÓ!…

     
    Así es, las mujeres comenzamos la lucha por la igualdad hace ya mucho tiempo, y cada día, cada año, nos toca recordarlo, porque avanzamos, sí, pero bien poco y lentamente. El sentido del 8 de marzo siempre fue el de una revolución, porque nada ha sido tan revolucionario para la vida de todas las personas y en todos los aspectos de la vida como el movimiento de las mujeres por su libertad; en este “frente” todos los días son 8 de marzo.

    Nuestra lucha, fue su lucha, y será la lucha de todos los tiempos, porque hoy como ayer, las mujeres tenemos muchos frentes que encarar: el empleo, la autonomía, la participación, etc.; ámbitos donde se manifiesta la precariedad de nuestras vidas.

    Los últimos datos de la EPA no nos permiten vislumbrar una realidad muy diferente a la de años anteriores: el doble de paro femenino sobre el masculino, los permisos de paternidad apenas crecen y están por debajo del 5%, excedencias por cuidado solicitadas por las mujeres en más del 95 %, alrededor del 80 % de los contratos a tiempo parcial firmados por mujeres, las cuales “disfrutan” también la mayoría de las pensiones no contributivas.

    Vivimos la precariedad de muy distintas formas, siempre con déficit en derechos y recursos. La experimentamos a través de la temporalidad de los empleos, de los bajos salarios (además de la ya sabida discriminación salarial), de los contratos a tiempo parcial (que no se eligen para compatibilizarlos con la familia, sino por la imposición del mercado) y de la segregación ocupacional. Y por medio de los horarios (que más que flexibles, son contorsionistas), de la falta de tiempo propio, de la sobrecarga del trabajo de cuidados -gratuito- y de la dificultad en el acceso a los recursos económicos. Sin olvidar las pensiones ridículas, las ayudas “trampa”, las “bonitas” leyes que pretenden resolver nuestras vidas y que en el mejor de los casos se quedan siempre cortas, siempre por detrás, siempre al servicio de mercado.

    Estas nuevas leyes, que podrían ser el indicativo de que algo está cambiando, nos hacen temer nuevas formas de precarización en los cuidados y en el empleo relacionado con éstos. La Ley de Igualdad sólo marca recomendaciones, pero ninguna medida directa de aplicación en el mundo laboral, que sigue dependiendo de la voluntad de la empresa, y ya sabemos en qué queda eso. La Ley de Dependencia no apuesta por los servicios públicos de atención y, tanto las ayudas como los nuevos empleos que preconizan, nos dirigen de nuevo al rol de la mujer como cuidadora y el regreso a casa; el mismo perro con distinto collar.

    Debemos recordar que todos y todas seremos dependientes -lo somos siempre en alguna medida- y que los efectos en las mujeres al asumir este papel, prácticamente en exclusividad, son un factor más de precariedad (problemas de salud, anulación psicológica, fatiga emocional, pérdida de autonomía y de control sobre los proyectos vitales).

    Toda esta precariedad viene siendo una constante en la vida de las mujeres. Aunque ha adquirido más notoriedad, eso sí, en la medida en que también está afectando al colectivo masculino. Esta penosa situación, que afecta cada vez más a la clase trabajadora, se ceba en las mujeres; en las que se hace invisible, más profunda y global (inseguridad laboral, pobreza, violencia, apatía). Desventaja tras desventaja, más trabajo pero menor y peor empleo, contribuyendo a mantener la desigualdad de género en la familia, en el mercado laboral, en la sociedad.

    Los hombres siguen sin asumir la responsabilidad de los cuidados -ni siquiera en ellos mismos-, o lo hacen en un porcentaje muy bajo (el 20 %). Si traducimos el trabajo de cuidados que asumen las mujeres -realizado de forma gratuita en su mayoría- en términos de empleo, hablaríamos de más de 14 millones de puestos de trabajo a tiempo completo. Toda esa carga extra hipoteca la salud, precariza la existencia, a veces fuerza a abandonar un empleo (ante una conciliación imposible) ya de por sí precario. Así que no se cotiza ni se tiene derecho a las prestaciones laborales básicas, además del alto coste emocional. Ser cuidadora significa grave riesgo de futuro.

    Pero ¿pueden las mujeres no cuidar y que el cuidado de las personas dependientes se siga garantizando? La respuesta es no, y nos tememos que la Ley consolide y agrave esta situación. Y no lo decimos porque ofrece una solución individual y económica al problema de la dependencia -que también-, sino porque en ningún momento intenta superar el rol de cuidadoras que las mujeres han jugado siempre por “obligación”, ahora, atándonos a él definitivamente con “una propinilla”.

    Necesitamos superar esa visión centrada en el mercado. Más que eso, estamos hartas de este modelo patriarcal, neoliberal y violento. Queremos dar protagonismo a otras facetas de la vida, reconocer la interconexión de todas ellas, enriquecernos con otras visiones. Deseamos “aportar a la vida el sentido de equilibrio que le falta” y construir otro mundo desde el anarcorfeminismo, con el orgullo de un pasado que ellas ayudaron a construir para nosotras:

    “Lo anarquista, es dejar que la mujer actúe en uso de su libertad, sin tutelas ni coacciones.”

    Nos proponemos crear soluciones a la precariedad que no pasen por los mercados. Darle la vuelta al sistema. Ese que nunca ha garantizado el bienestar de las mujeres, que nunca ha valorado su trabajo y potencia que sus derechos no sean directos y contributivos -por tanto peores y de menor cuantía- y se las apaña para hacer caer sobre ellas la responsabilidad del cuidado de la vida -con trabajos gratuitos o infravalorados-. Nos proponemos ser transgresoras y reinventar nuestras vidas.

    ¿Es que acaso la revolución anarcofeminista puede esperar? ¿Es secundaria dentro de nuestras luchas sociales y sindicales? No. Porque no vamos a aceptar la respuesta del silencio, ni podemos esperar a que algún día, por las buenas, las mujeres, precarizadas, se liberen de la dictadura de la mediocridad.

    “Está bien esperar la revolución todos los días; pero mejor aún es ir en su busca, forjándola minuto a minuto en las inteligencias y en los corazones.”

    Las citas pertenecen a las integrantes de Mujeres Libres, organización anarcofeminista, cuyo Federación Nacional, finalmente se aprobó en Valencia en 1937. Con más de 20.000 afiliadas, ha supuesto el nacimiento del feminismo proletario en España, revolucionario en sus objetivos y en sus métodos. Las mayor parte de las citas de adjudican a una de sus fundadoras, la escritora Lucía Sánchez Saornil.
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